La gente promete, jura con voz firme, con ojos que brillan como si fueran sinceros. Pero detrás del gesto, detrás de la sonrisa, siempre late lo mismo: el mismo hábito, la misma excusa, el mismo guión aprendido.
Las raíces no cambian, solo se pintan de otro color, se disfrazan con palabras nuevas, con un tono distinto, como un lobo que cambia de piel pero no de hambre.
Te dicen: confía, pero buscan su propio beneficio. Te dicen: espera, y lo que hacen es robarte tiempo. Te dicen: te entiendo, y en silencio siguen actuando como si tu dolor no existiera.
La gente no cambia, se acomoda. Aprende a ocultar mejor, a moverse en la penumbra, a repetir las mismas heridas pero con guantes, para que no se note la sangre.
Piensan que te tienen asegurado, como si fueras un mueble, como si fueras un objeto que se usa, que espera, que calla. Creen que lo tuyo es eterno, que no se rompe, que no reclama.
Pero las raíces no cambian, y ese es su error. Quieren cosechas distintas plantando las mismas semillas podridas. Quieren amor verdadero dando la misma mentira gastada.
Y yo lo digo claro, sin adornos, sin disfraces: la gente no cambia, y quien cambia soy yo, porque aprendí a soltar, a verlos de frente, a cortar lo que lastima.
Las raíces no cambian, pero yo arranco el árbol, quemo el bosque, y me planto en otro suelo donde no crezcan promesas muertas.
“Las raíces no cambian; quien espera lo contrario, sangra en vano.”
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