El EMPERADOR EN LLAMAS

Por: S.C. Ruiz

Las piedras crujían entre el calor de las llamas, los gritos desesperados empezaron a despertar entre las cenizas que volaban en la humareda que oscureció la roja noche; corriendo de un lado a otro iban todos, desesperados cuerpos ensangrentados, quemados, carbonizados, perseguidos, asustados. En su alcoba, en lo alto del palacio, despertó aterrorizado por un presagio en sueños que terminaba con muerte y desolación, un suicidio y un hombre que había sido reemplazado; gritando entre desesperación y cólera vio la noche en que toda Roma ardía ahora con sus propios ojos.


Sintiendo la presión en su pecho, vio las siluetas desaparecer mientras corrían, oyendo a lo lejos como sus legionarios salían para atrapar entre las llamas, entre los escombros, entre los cuerpos calcinados a los cristianos pobres de los barrios más olvidados en el Circo Máximo. Grito entonces con lagrimas de sangre que corrían por su rostro, ordenándoles detenerse, sin respuesta alguna de las tropas que atrapaban y enfilaban de a uno en uno a los revoltosos hombres y mujeres, marcando sus hogares con sangre en las puertas.


Con una gran túnica blanca y con su corona en las manos, el emperador vio morir su pueblo y sintió pena de no saber que hacer mas que llorar lamentos que no podían ser escuchados; los gladius se desenvainaron y las pilum ensartadas en las carnes moribundas de los desdichados. No había peor imagen, ni peor sueño o realidad. Sonaron entonces las puertas de la alcoba abriéndose de par en par, apareciendo ceñido en una gran armadura plateada y dorada, con gran puñal en una de sus manos y en la otra una bolsa de cuero que deja caer, saliendo de esta un puñado de monedas de plata, todas dicen Ara Pacis en uno de sus lados, el nombre de la diosa de la paz en latín; mientras en el otro un busto manchado con sangre no se puede ver.

Deténgase de inmediato ¿Qué es esta locura? ¿Cómo se atreve a entrar de esa forma a mis aposentos, armado y lanzando esas monedas por el suelo? Preséntese ahora mismo -Con una voz temblorosa y con un miedo incontrolable, como un mal presagio, un vacío en el estómago-.

El autómata no se presenta, un yelmo le cubre el rostro y con un penacho rojo que es alto y vistoso, solo se burla; saliendo de entre las sombras y dejando que el reflejo de la luna ensangrentada le deje ver mejor se presenta sin nombre.

Pasado el tiempo ha llegado el momento, pues el presente es ahora y soy yo quien gobierna, una melodía en mis oídos retumba y se entremezcla con los alaridos de las mujeres que desconsoladas son viudas. Di la orden, con ello basto, salieron a matar sin importar, legiones de soldados mañana cobrarán a cientos mas y los revoltosos no volverán; pues solo yo podía hacerlo -Se burla con su tono de hablar, como si de reproches se tratara-.

Insolente tonto, robando mi armadura no se puede ser emperador de Roma, solo yo soy emperador y tu serás colgado por este pecado; te ordeno quitarte el yelmo y dejarme ver el rostro de la muerte que azota las calles de mi hogar -Se postro frente al hombre encarándole con rabia-. Se acerco al emperador, el profanador; quitándose el yelmo dejándose ver. Fue entonces el miedo el que volvió al cuerpo del emperador, viendo el rostro descubierto del asesino, siendo iluminado por las llamas que calcinan la ciudad y sudando por el calor de la muerte.

Tiritando de pavor sin poder pronunciar palabra alguna, retrocedió hasta el balcón y el desenmascarado lo siguió lentamente y sonrió al ver Roma arder desde el palacio.

No eres real, no eres verdad; no puedes estar acá. -Se sintió delirar, perdido y sin creer lo que sus ojos veían-. Eres una farsa nada más, asesino de hombres. Solo puede haber un emperador y ese soy yo, solo yo, Nerón.

Solo yo, nadie más, puedo ser emperador… Tomando el gladius con fuerza lo alzo sonriendo y susurrando palabras dijo: -Tú me estorbas, tú me pesas, tú me retienes; debes de morir, es la única opción, entonces seré inmortal, seré un verdadero emperador que no temerá de la sangre-. Apuñalando al asustado emperador que vestía sus túnicas blancas ahora manchadas, sosteniendo su corana pobremente, le fue arrebatada entonces y viendo su propio rostro por ultima vez, como la imagen final de su muerte, se caería desde el balcón del palacio; quedando su cuerpo entre las llamas que le calcinarían hasta ser ceniza y desaparecer en polvo, como en olvido. Fue entonces que el desenmascarado hombre tomaría la lira del emperador y se posaría taciturno en el balcón a tocar aquella melodía que le acompañaba con la corona de laurel posando en su cabeza, resplandeciente oro que brilla reflejando la catástrofe flamígera. Entonces todos vieron aquella noche a Nerón, tocaba su lira en el palacio mientras la antigua Roma prendía en llamas.

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