Capítulo: III
Por: S.C. Ruiz

El Río se lo llevo…
El Caimán reclamo una canción…
Se nos fue Balanta…
Lo mordió el Río…
Se metió en la casa del Caimán…
Pobre Petronio…
Recorrieron el río nuevamente, sin encontrar nada, sin ver rastros, sin saber quién era el culpable, si las aguas o algún grupo de gentes en armas que se supone andaba recorriendo la zona desde hace semanas. Las balas normalmente son una explicación racional de la mayoría de penurias, pero en ocasiones, los caminos resultan ser tan inciertos y aciagos, que es imposible dar resultados de la extrañeza de los casos a estas, por más que el hombre se haga pasar por monstruo, siempre hay un monstruo mayor; y algo siempre debe quedar en claro. No hay ningún hombre que sea monstruo, no hay monstruo que sea hombre, no hay humanidad alguna en los monstruos. Carlos sabía de la naturaleza nauseabunda de los monstruos, sabía que había hombres que emulaban a estas bestias; pero también sabía que no era posible que esa bestia fuera un hombre, si es que alguna vez fue hombre, ya no hay rastro de ello.
Fue un acordeonero famoso, él amaba el acordeón, mucho antes del vallenato, era un hijo de la cumbia, de abuelos africanos…
Los escenarios son mi vida, ir de pueblo en pueblo, iluminando los parques y las cantinas, las sonrisas de los niños y niñas que bailan entre los acordes, entre las letras, entre la espesura del alma que resuena y les comparsa. Yo soy solo eso, un mero instrumento de la felicidad.
Nadie sabía porque había resultado su desgracia, se había ido de Tadó a Valledupar y viajaría después a Sincelejo, dejo a su esposa e hijos por un par de semanas y el resultado fue devastador…
¿Dónde están? ¿Dónde está mi familia? ¿Por qué nadie me dice nada? ¿Por qué nadie sabe nada? ¿Cómo que la culpa es del río? ¿Ellos nunca iban al río sin mí? Alguien debe saber que fue lo que paso. No es más que una vil mentira, alguien fue el culpable, no fue el río.
Las evidencias no aparecían, era más un campo de divagaciones que una red de pruebas que llevaran a un lugar claro. Una casa vacía, un río frío, sin sangre en las piedras, sin muestras de violencia, sin rastros de muerte; pero un enorme olor a perfidia y horror que se asentaba en las aguas, en las piedras, en las ventanas abiertas de par en medio de las noches. Cualquiera toma las peores decisiones, estando desesperado…
No me importa, toma lo que necesites, haz lo que debas hacer, todo esto no importa, debo saber dónde están, quien les hizo daño, quien se los llevo. Si esto me hace lo suficientemente fuerte, entonces lo tomare, sin importar lo que pase. No puedo vivir sin ellos, lo son todo para mí, son mi familia, son mi hogar, son mi vida.
Su desesperación, como la de todos los hombres, siempre es la razón de su propia perdición. Su decidía y su dolor, son el impulso necesario para ser mártir, ser agravio, ser monstruo o ser un extraño; así como yo soy pez él es caimán, somos presos de una maldición, que más haya de palabrejas, son un fin estrambótico que busca ser catarsis, que solo logra el verdadero sufrimiento, un llanto real.
¡Es una bestia, es una bestia! ¡Es un caimán! Detengan a la bestia, mátenlo a toda costa ¡Tiren a matar, deben matarlo!
Por seis días y seis noches se dio en lamentos, al dar el amanecer, habían transcurrido seis horas del séptimo día, como si se burlara de Dios, en un peñol que se hacía a la vista se reía de verle revolcarse, de verle perder su voz, de verle morir y renacer siendo otro, siendo monstruo. Se hizo pasar por bruja y le vendió el cielo, termino comprando el infierno y quitándose la piel, las telas y los cabellos, dejo que viera su verdadera forma con cuernos, echando llamas de entre las aguas del río que habían visto como el hijo del hombre más rico, le había arrebatado su vida de tres, los había masacrado y los había llevado al gallinero; cortándolos por pedazos, haciéndoles gritar en la otra vida al ser profanados muertos sus cuerpos desojados.
Tu voz será mía, para que tus ojos sean el río y su memoria, para que tu cuerpo sea fuerte como las calamidades y no puedas morir, para que tu rostro sea la fiel muestra de tu dolor y si quiera la noche más oscura no deje de temerte. Ahora tú eres yo en este río, ahora tú eres justicia; ciega entre los hombres, muda entre los virtuosos, moribunda entre las cortes y olvidada entre las páginas del futuro.
El periódico regional se dio en mentiras aquella mañana del 17 de septiembre de 1929, adjudicando el asesinato de la familia Reyes Piraquive a un ajuste de cuentas con un grupo de delincuentes que, de manera infructuosa se encargaba de traficar licor desde Venezuela. Nadie aceptaba lo afirmado, ni las fotografías rojas, ni las descripciones. No había sido hecho a manos de hombres, era imposible que así fuera. Cuerpos desmembrados, profanados, comidos y destrozados; rostros sin vida que perdieron toda expresión de vida. Se hizo el conteo de cuerpos, dando un total de ocho muertos, entre criados, empleados y los dos patrones. Solo faltaba un cuerpo, que dieron por desaparecido y semanas después darían con sus ropas, en una gruta en la bajada del río, por el viejo palenque en Tadó, a las afueras. Pero sin dar con un rastro del cuerpo del joven Reinaldo Reyes Piraquive. Luego de darlo por desaparecido, al cabo de los meses, se escuchaba su voz cantar en el Magdalena, por las noches de lluvia, auguraron decir que era su alma llorando, sin pensar que tal vez era un caimán que abre sus fauces buscando volver a ser el mismo, buscando cantar de nuevo con voces robadas que solo cantan de dolor por haber sido devoradas; llorando lágrimas de sal en las aguas dulces de un río silencioso, pero sabio.
Los sueños en ocasiones traen respuestas, las respuestas en ocasiones son vida, pero también suelen ser sufrimiento, suelen ser incertidumbre y un hilar de pensamientos que no dejan de reproducirse ocasionando agravios que se hacen fieras. Carlos, aquella noche, dormido, mientras la lluvia nuevamente caía sobre Tadó sabía que esa voz escuálida, menuda y simplona era de un pececillo fácilmente reconocible, de plateadas escamas y de cuerpo mínimo. Escuchaba entonces, en medio de la oscuridad tremebunda que asolaba su casa, mientras la lluvia rompía con el silencio nocturno, como a lo lejos sonaban disparos, gritos y quebrantos. Su madre, como todas las madres de Tadó, aquella noche del 15 de agosto de 1975, abrazarían a sus hijos en el suelo, esperando que las balas no reventaran las ventanas, las paredes o mucho menos, la vida de alguno de los suyos.

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