Su cuerpo yacía inerte, pálido y ausente de vida, como si la esencia misma de su ser hubiera sido arrancada. La capa de humedad que la rodeaba parecía transparentar su alma, revelando la profundidad de su dolor. Sus manos, una vez fuertes y seguras, ahora yacían huesudas y débiles, incapaces de levantarse.
Un nudo en la garganta la ahogaba al oír el «sí acepto» de aquel que una vez fue su gran amor. La voz resonaba en su mente como un eco burlón, recordándole todo lo que había perdido. El mundo a su alrededor parecía celebrar con granos de arroz que caían sobre el pavimento, pero para ella, cada grano era como una bala que se incrustaba en su alma.
Nadie notó que moría por dentro, que su corazón se desangraba lentamente. Nadie percibió sus gritos mudos, ahogados por la soledad y el dolor. La gente pasaba por su lado, sonriendo y riendo, sin saber que ella se estaba desmoronando por dentro.
La ironía era cruel: nadie podía culparlos por no darse cuenta, pues ella nunca sangró. No había heridas visibles, no había sangre en el pavimento. Solo un vacío profundo y una sensación de pérdida que parecía imposible de llenar.
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