Primero, está la emoción del encuentro. Seguida de las ansias locas de descubrir otro mundo distinto al tuyo, las conversaciones interminables, las risas, las despedidas postergadas, las historias que se van tejiendo mano a mano, café tras café, labio a labio. Y un día, sin pensarlo ni esperarlo, nos supimos reales, imperfectos. A lo mejor no supimos qué hacer ante nuestras verdaderas presencias. Y, de repente, lo asombroso se hizo parte del paisaje y empezó a dar lo mismo estar que ausentarse. Siendo dueños de una misma historia, de repente nos volvimos un par de extraños y ni aún apelando a los recuerdos nos salvamos del inventario de lo que ya no es: ya no había razones para tratar de reconstruir los puentes rotos, ya no había palabras nuevas para avivar las viejas conversaciones, ya no había sonrisas vivas más allá de las que habitan congeladas en las fotografías, ya no había silencios cómplices y, en cambio, solo habitan los reproches y un estruendo silencioso (ese que no grita, pero arrasa con todo) borrará, a pedazos y sin besos de despedida, lo que un día fuimos, en lo que un día creímos.
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