Aquí, en medio de ésta soledad dominguera que me envuelve y me inunda, mientras mi paladar trata de espantarla en cada sorbo del café que a cuentagotas se va enfriando, pienso en cada una de mis palabras, las que tejo desde lo profundo sin tener la certeza de si alguna vez resonarán en los silencios ajenos o si naufragarán en la indiferencia. Incluso leo y escucho mi propia voz, y de vez en cuando me es poco creíble que sea la mía o si es la de otros resonando a todo pulmón entre mis manos y mi garganta.
Puede que el café sea un excelente antídoto contra el frío bogotano, mas no tanto contra la guerra que la confianza y la duda libran dentro de mí sin tregua alguna a la vista. Y como un animal rabioso, la ansiedad y la incertidumbre me clavan inmisericordemente sus dientes, y unas ganas terribles de gritar lo que me invade se apoderan, pero cada grito se convierte en cenizas que el silencio arrastra.
Y yo, lucho a capa y espada contra ésta sombra que se cierne sobre mí, contra mis propios demonios autoimpuestos, anhelando que a contracorriente, mi propia voz logre tocar cada recoveco del silencio. Y aún así, en mi eterna medianoche interior, el fuego está siempre encendido y mi voz, siempre presente y haciendo eco…
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