A mis converse viejas les debo más que solo cubrir mis pies y proteger mis pasos,
les debo el llevarme por caminos seguros los cuales al final tenían unos brazos extendidos rebosantes de amor para mí.
A mis converse viejas les debo el haber estado conmigo en días de lluvia, de charcos de lodo;
en días donde no sólo afuera el cielo llovía sino también cuando adentro una tormenta se desataba.
Les debo el saberse casi de memoria como quién reza,
el rosario de camino a casa,
Tanto así, como un mandamiento sagrado.
A mis converse viejas les debo paseos por el campo,
por la ciudad,
la visita a sitios tan artísticos galerías y plazas.
A mis converse viejas les debo la ataraxia de mi alma y la firmeza de cada pisada;
les debo el hacerme conocer senderos por los que nunca me hubiera aventurado.
Les debo el dejar que el tiempo y las veredas polvorientas de mi barrio les hayan dado un color amarillento.
Mis converse viejas elevando el nivel de mis outfits cuando está palabra aún no existía,
les debo el haber dibujado en su tela blanca la noche estrellada o hacer por lo menos el intento como si fuera van Gogh,
les debo cada pisón que me dieron en las fiestas familiares, les debo el haberme hecho sentir auténtica, preciosa y sobre todo, el recordarme que no importaba a donde fuera si ellas iban conmigo siempre sabría el camino a casa.
Y sé que, aunque mañana tendré unas nuevas converse, con las que compartiré miles de aventuras y sendas,
estás primeras estuvieron conmigo en momentos especiales y posiblemente las nuevas lleguen a marcar pasos en la arena, pero mis converse viejas siempre los marcaron en mi corazón.
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