Nació cuando el tiempo se arrodilló ante la voluntad eterna. No llegó por prisa ni por error, llegó por promesa.
Dios habló primero, y el mundo obedeció después. Entonces llegó ella. Ágata.
Nombre escrito antes del alba, sellado con bondad, forjado en fortaleza, reluciente como verdad que no se apaga.
No fue un deseo humano, fue palabra cumplida.
Porque hay vidas que no empiezan en la tierra, sino en el cielo, y descienden cuando Dios decide cumplir lo que prometió.
Su llanto será eco de esperanza, respuesta a oraciones silenciosas, prueba viva de que Dios no olvida ni retrasa lo que ama.
Cada latido suyo recuerda que la fe tiene forma, nombre y luz propia.
Y cuando el mundo pregunte de dónde viene su brillo, no será de este polvo pasajero: es reflejo de una promesa eterna caminando entre nosotros.
Y crecerá sabiendo que no camina sola, que hay manos invisibles guiando sus pasos y una voz eterna pronunciando su nombre aún en el silencio.
Su vida será testimonio sin esfuerzo, milagro cotidiano, recordatorio suave de que Dios sigue obrando con ternura, y que cuando Él promete, la esperanza siempre nace con destino cumplido.
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