Ayer fue hace mil años, y aún escucho cómo el silencio se rompía cuando tu respiración tocaba mi cuello. Jamás entendí cómo un instante puede quedarse a vivir en la piel, cómo el tiempo puede seguir su curso y, aun así, mi cuerpo volver a ti como si nunca hubiera aprendido a olvidarte.
Tu piel —clara, suave, indecente de perfecta— era una madrugada tibia donde mi deseo despertó sin permiso. Tu aroma… aún lo busco en el aire, en las almohadas vacías, en el temblor que me llega cuando cierro los ojos y tu presencia, aunque invisible, se recuesta sobre mí. Y esos ojos tuyos, con colores que no existen en ninguna otra parte del mundo, eran como una puerta a la que entraba sin miedo, aunque siempre terminara perdido.
Han pasado mil años, y todavía siento cómo tu cuerpo encajaba en el mío, como si nos hubieran hecho con la misma luna. A veces recuerdo un solo encuentro, tan breve como un relámpago; a veces recuerdo muchos, como olas que volvieron una y otra vez. No importa, porque mi piel no diferencia entre número y eternidad, solo sabe que te conoció… y que desde entonces te sigue esperando.
Y aunque la vida siga su camino y finjamos que no nos duele la memoria, hay noches en que te pienso tan fuerte, que mi alma vuelve a ser joven y temblorosa, mi cuerpo vuelve a decir tu nombre sin voz, y tu recuerdo me toca, me besa, me derrumba.
Porque ayer, amor, fue hace mil años. Y todavía ardo. Todavía tiemblo. Todavía te siento.
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