Por: Juan Sebastián Rueda Peñaloza

«Cuida tu palabra, que tu palabra te cuidará; que tu palabra sea dulce, que anime, que inspire al otro, que lo ayude; que no lo enjuicie, que no lo condene, que no lo critique. Vive la palabra dulce. Aléjate de la palabra caníbal que te separa del otro y que te hace daño. Cuida tu palabra, que tu palabra te cuidará».
Jate Kulchavita
Hace poco más de un año, tuve un sueño. En él, yo iba con un grupo de personas de la ciudad a un lugar apartado de la montaña, y nuestra visita tenía como propósito conocer acerca de las prácticas artísticas y culturales que un pueblo indígena tenía en los confines del mundo. Sin embargo, el propósito individual de mis compañeros distaba mucho del sentido que para mí tenía ese viaje, pues estaban más preocupados por andar a las carreras sacando fotografías con sus smartphones de los paisajes y de la gente, que de interesarse verdaderamente por sus formas de habitar y experimentar el mundo.
En ese recorrido, presencié algunas prácticas teatrales y musicales que los indígenas tenían en una construcción grande, similar a un salón comunal. Pero por el afán de mis compañeros, yo no podía detenerme, y me veía forzado a avanzar rápidamente sin poder conversar con los indígenas ni obtener respuestas a la cantidad de preguntas que me habitaban.
De golpe, todos salimos de ese salón y nos encontramos en el campo, bordeando un jardín hermoso cercado por eugenias y cultivado con muchas flores. La comitiva debía avanzar con premura porque el transporte en el que íbamos estaba próximo a regresar a la ciudad, y para llegar a donde estaba el vehículo, había que entrar en ese jardín y atravesar una casa grande.
Afuera del jardín, había un Mayor indígena, y adentro, un joven de su etnia señalaba el camino que debíamos seguir para irnos del lugar. En ese momento, ocurrió algo extraño: cada vez que entraba uno de mis compañeros, el muchacho hablaba en lengua indígena y el Mayor nos traducía al español lo que él decía.
Entonces, uno de mis compañeros entró al jardín y el muchacho habló. Lo que dijo fue más o menos lo siguiente: «Tú te llamas así, y has venido acá con estas y estas otras preocupaciones». El visitante salía del ensimismamiento de su celular para preguntar por qué él, que nunca lo había visto, sabía su nombre y sus preocupaciones, ante lo cual el joven indígena volvía a hablar en lengua y el Mayor nos traducía: «Ustedes no están aquí para descubrir ese misterio».
Pero al instante, el joven indígena se mostraba confundido, porque entre las palabras que había dicho había una que no entendía. La palabra era «ustedes», y el Mayor le explicó que en su comunidad no había distinción entre el individuo y el colectivo, pues todos siempre se referían a sí mismos como un «nosotros».
Y así, el Mayor aprovechó para contarle al joven la historia de cómo había sido que nosotros, los viajeros visitantes, nos habíamos perdido en el camino de la vida y nos habíamos separado de la comunidad, rompiendo la armonía. Allí comprendí algo: esa cultura que tanto interés me despertaba también era mi cultura, pero lo había olvidado porque mis ancestros se habían distanciado de esa forma tan particular de relacionarse con la naturaleza y todo lo existente.
El descubrimiento me llenó de alegría, y quise fervientemente entrar al jardín y esperar a que el joven indígena también dijera algo sobre mí en su propia lengua. Pero el sueño acabó, y como lo dijo el Mayor, quizás en ese momento yo no estaba allí para comprender el misterio.
A veces vivimos tan ensimismados en nuestros quehaceres cotidianos de la ciudad que nos olvidamos de que existe un mundo más allá de sus bordes. Hoy he vuelto a escuchar al Jate Kulchavita y a preguntarme por el método para vivir una vida más plena. En el mambeadero, él habla del camino que todos los seres humanos podemos recorrer para salir de la vida encajonada en la que vivimos, para comprender que nuestra razón de ser es la de cuidar el mundo y las relaciones con los otros.
Hay que ser obstinados para salir de la vorágine en la que hemos metido al planeta. Si existe voluntad en el pensamiento y coherencia en el actuar, todos podemos mirar al mal con ojos de cazador para acecharlo y darle muerte. La palabra dulce, la que anima e inspira a los otros, esa que se gesta en el pensamiento, es la que puede construir realidades y tejer puentes donde nadie nunca ha creído que eso sea posible.
Las puertas están abiertas para el que quiera entrar y conocer la casa grande. Si alguien se anima, que saque tiempo para atrapar silencio y escuchar al Mayor Kulchavita que tiene cosas por decirnos.

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