Por: Juan Sebastián Rueda Peñaloza

A Liza María Cobos
No sé cómo arrancar. Esta es mi primera columna, y quizás por eso siento que es la que más me costará escribir…
Esta sensación me trae a la memoria un recuerdo de mi infancia, cuando estaba en quinto de primaria, y el liceo había organizado nuestra primera salida de excursión fuera del pueblo. Era un balneario de tierra caliente a unos diez kilómetros de distancia; pensado más para adultos que para niños, pero al fin y al cabo algo acorde a nuestro sentimiento de ese entonces, en donde estábamos cerrando un ciclo y permanecíamos expectantes por lo que vendría. En el lugar había mesas de billar, canchas de bolo criollo, juegos de rana y una tienda donde vendían empanadas, gaseosas y galguerías. Y, por supuesto, una piscina grande donde la mayoría se zambullía o chapoteaba con alegría.
Allí, junto a la parte más honda, quedaba el cuarto de máquinas de la piscina. Y una escalerita de madera, cuidadosamente puesta por los dueños del lugar, compensaba la falta de un tobogán o un trampolín. Por ella se trepaban los más osados y, después de tomar impulso, brincaban como ranas para llegar al agua. Un juego divertido, hasta que yo intenté jugarlo y el miedo me paralizó.
Al principio subí los primeros escalones con facilidad, pero después la escalera comenzó a crujir y a tambalearse como mi ímpetu. Cuando estuve arriba la piscina me pareció más que enorme, y la distancia que me separaba de ella era imposible de salvar. Lo pensé durante mucho rato, mientras abajo me abucheaban… calculé todas las probabilidades del desastre, me hice daño, me fracturé una pierna, me rompí la cabeza con el filo de la piscina, e incluso creí ahogarme; y al final, en vez de tomar impulso para saltar, me fui retirando lentamente hasta que logré poner mis pies sobre la escalera y bajar al fondo de la humillación.
Me aparté de todos y ya no quise entrar al agua. Pero una amiga dentro de la piscina me vio cabizbajo y salió corriendo para animarme. Antes de volver a intentarlo, nos metimos de nuevo en el agua y hablamos, no recuerdo sobre qué, pero seguro algo nos dijimos sobre la vida que vendría, sobre los anhelos que teníamos respecto al futuro, sobre cómo cambiaríamos al terminar el bachillerato, al convertirnos en grandes, al enamorarnos…
Entonces volví a trepar por la escalera, y me acerqué de nuevo al borde para calcular las probabilidades con la voz de mi amiga avivándome desde abajo; di unos cuantos pasos hacia atrás para tomar impulso; corrí hacia adelante; y salté… la sensación fue tan maravillosa que todavía persiste en mi memoria.
Este último tiempo me ha enfrentado a cosas nuevas, a saltar para vivir solo, por ejemplo, o para cambiar de trabajo; para escribir esta columna. Ha sido un tiempo para verte a los ojos, sonreírte y amar de nuevo, como en aquellas primeras veces.

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