Por: Nerio Luis Mejía.

En las regiones de conflicto, donde predominan las economías de carácter ilícito, es común escuchar música que rinde apología a las actividades criminales; como el narcotráfico, los grupos armados y toda suerte de violencia que representan las letras musicales de los mal llamados narcocorridos. Es tan fuerte y directo el sonido que producen esta clase de canciones en el cerebro de los oyentes, que los transporta al mundo descritos en ellos, lo que los lleva a experimentar absurdas emociones que se reflejan en la pérdida de identidad cultural, que una vez existió, en el pacífico entorno que significaba vivir, y recrearse en la vieja Colombia rural.
Hoy nada de eso queda. Solo es posible escuchar música andina, cumbia, el mapalé, la ocañerita, o el baile de la machetilla, en eventos escolares promovidos por valientes docentes, quienes se atreven a desafiar las nuevas normas impuestas por el narcotráfico, y la violencia en las apartadas regiones de nuestro país.
Si hay algo que destacar en Colombia, es la gran diversidad cultural. Su música ha trascendido fronteras, ritmos que nos han hecho sentir orgullosos de ser colombianos, artistas de talla internacional que llenan escenarios en cualquier parte del planeta, pero que, en los territorios azotados por la violencia, son desconocidos. Parece que a nadie le importara lanzarse en una aventura por rescatar nuestra identidad, las secretarías de culturas tanto locales, regionales, y nacional, están enfocados en otros temas, menos en conservar la memoria viva de una nación que ha sido victima no solo de la violencia, también lo ha sido de la desculturización.
De igual forma, se interpreta la política. No como el buen arte de gobernar, sino como una suerte de oportunidad que se le presenta a los mas afortunados que mediante la aplicación de practicas corruptas, cambian el paradigma de personas que una vez fueron humildes, y de un momento a otro transformaron sus vidas económicas de manera extravagante.

Este mensaje se vende, como la manera de salir adelante, sin importar las consecuencias que acarrean sus vidas, al igual que arrastran la vida de millones de personas que, a diario sufren a consecuencia de la corrupción, lo que reduce las oportunidades en un inmenso océano de sueños inconclusos, pero que al fin de cuenta, aquí lo que importa es el bienestar personal, atrás quedaron los años gloriosos de gobernar y terminar sus funciones públicas, sin señalamiento alguno, lo que incidía en el reconocimiento de valores como la honestidad, y el respeto.

Ahora, como si ya esto no fuera suficiente, con la aparición de las narco-novelas, que rinden culto a las mafias, al sicariato, el consumo de sustancias psicotrópicas, la prostitución juvenil, que se promocionan como una forma de atajo para ganarle a la precariedad económica. Las que se venden, mediante el bombardeo televisivo, sin que exista una ley que regule esta clase de contenidos. Sus creadores solo se enfocan en abultar sus patrimonios, productos de las ganancias por el éxito de sus escritos, lo que los lleva a ganar popularidad en el vacío, y frio mundo de la fama, dejando atrás un legado de vidas destruidas, que se consumen, al tratar de imitar la ficción que solo fue producto de la imaginación de una mente retorcida, que le vale cinco centavos, los valores culturales de nuestra nación.
Mientras no exista el compromiso institucional, sumado al reclamo social, los narco-corridos, la política, y las narco-novelas, serán quienes definan el rumbo cultural de nuestra sociedad colombiana.

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