Por: Mónica García

Esas cosas llevan ahí meses, años, tanto tiempo sin ser tocadas y de repente un día en el que te levantaste de buen ánimo decides dedicar una parte de tu tiempo de descanso para deshacerte de algunas que hace mucho tiempo no usas. Toma un largo rato sacar todo, revisar cada una de las prendas pensando en lo que te evocan, recuerdos tiernos y amargos, alegres y tristes; hay algunas que te gustaron mucho y de pronto pasaron de moda o perdieron su brillo y quedaron en desuso, olvidadas en un rincón oscuro del armario; otras, que sigues usando pero están demasiado gastadas, podrían pasar a mejor vida pero te cuesta mucho desprenderte de ellas porque te has acostumbrado a verlas ahí, a acudir a ellas cuando no quieres o no tienes tiempo de pensar en qué usar; son las inconfundibles, las infaltables aunque estén deterioradas (a veces es más fácil no pensar y andar en modo automático, acudir a lo que ya se sabe que funciona para no salir de la zona de confort. Por cierto, ¡qué difícil es salir de la zona de confort! ¿Por qué siempre quieren obligarnos a hacerlo?). Cada una tiene un olor particular (¿o es solo tu imaginación?) Y por todas sientes algo que no sabes si es cariño, apego o la sensación de que tu vida no va a ser la misma si alguna desapareciera de repente. Podría también ser miedo: a lo desconocido, al vacío, a una vida con pocas cosas a tu alrededor, sin tanto ruido, sin el ruido de las cosas al caer, decía el autor…
Tienes tanto, te dices, que parece que no te alcanzará el tiempo para usar todos esos jeans, esas blusas y esos zapatos y tendrás que hacer algo con ellos (¿Donarlos, venderlos?) ¡Cuatro pares de zapatillas deportivas y hace cuánto no te ejercitas!; esos abrigos que son inútiles en esta temperatura mínima de 32°; esos vestidos que dejaron de quedarte hace mucho o ya no son “tendencia”, pero que sueñas con volver a lucir algún día porque te recuerdan un esplendor lejano (el de la juventud, tal vez; el del amor, quizás) cuando salías a la sala de tu casa y tu familia y el amor del momento quedaban sorprendidos por lo hermosa que lucías y lo mucho que te ibas a destacar en esa fiesta (que ahora no se llama así, sino evento), para saber que cuando llegabas al lugar había doscientas niñas vestidas igual y tan lindas y frescas como tú, aunque igual lo disfrutabas porque era tu noche. Una que no volverá, por cierto.
Y ese conjunto (al que ahora se le dice outfit) que tenías puesto cuando recibiste aquella mala noticia y tuviste que correr a ese lugar deseando que fuera mentira, ¿vale la pena guardarlo si no necesitas nada que te recuerde ese momento porque nunca se borrará de tu mente?
Cuesta tanto trabajo limpiar lo que has acumulado durante toda tu vida que es una tarea que aplazas constantemente; como ahora mismo, que empiezas a sentir ansiedad por el montón de objetos que pusiste encima de la cama y regaste por el piso y no sabes si botar, regalar o volverlos a poner en el sitio en que estaban. ¿Qué es útil y qué no? Te preguntas. ¿Vale la pena conservar algo solo por un “por si acaso”? Sí, tal vez algún día te vayas a vivir a Alaska y necesites chaquetas y bufandas; también es posible que cumplas tu sueño de despertar el resto de tu vida a la orilla del mar y te parezcan pocos esos ocho vestidos de baño que están casi nuevos o, ¿por qué no? Puede que te animes a inscribirte en el gimnasio y le des buen uso a las lycras de todos los colores que están dobladas una encima de la otra en esa gaveta. O puede que nunca más las utilices y tengas o tengan otros que disponer de ellas y de todas esas cosas que ya nunca más usarás.
Lo mismo sucede con nuestra vida psíquica. La pregunta es: ¿Vale la pena cargar con tanto?
*Alegoría: es un concepto filosófico, artístico y literario que consiste en la representación de un significado simbólico. Como figura literaria, la alegoría representa una metáfora ampliada, es decir, una comparación en sentido figurado que se extiende a lo largo del texto.

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