Por: Álvaro Enrique Parada

En la historia de “independencia”, el 20 de julio simboliza para Colombia celebrar el camino al patriotismo territorial, iniciado a finales del siglo XVIII al usurparse el trono de Fernando VII por Napoleón y el vacío generado en las colonias latinoamericanas, donde aflora en los criollos un sentimiento de autogobierno, radicalizado en las Cortes de Cádiz al no reconocer autonomía, que se materializó con el llamamiento a cabildos abiertos, siendo Cartagena el 22 de mayo, siguió Cali el 3 de julio y El Socorro el 10 de Julio, para terminar con el famoso 20 de julio de 1810; finalizando con la disolución de la Gran Colombia en 1830 y manifestándose en las fronteras físicas que rigen hoy el mapa político del norte de Suramérica. La Revuelta hace referencia a la revolución iniciada por los criollos neogranadinos contra los españoles en un altercado en Santafé, actual Bogotá como capital del Virreinato de Nueva Granada en la tarde del 20 de julio de 1810, cuando Joaquín Camacho se dirigió a la residencia del virrey Antonio José Amar y Borbón para solicitar respuesta acerca de una solicitud de instauración de una junta en Santa Fe, que por negativa del propio virrey hizo que se organizara una revuelta, la cual tuvo como excusa el préstamo del famoso “florero de Llorente”, actualmente Casa del Florero, sede del Museo de la Independencia, período conocido como la “Patria Boba”, calificado por Antonio Nariño en “Los toros de Fucha”, periódico neogranadino en 1823, que sarcásticamente registra el descontento social y político por la nueva legislación adoptada en la República, a cargo del poder Ejecutivo detentado por Francisco de Paula Santander, condenando la guerra fundacional que produjo el conflicto de los criollos divididos en dos grupos: los Federalistas defensores de las Provincias Unidas de la Nueva Granada y los Centralistas del Autoproclamado Estado Libre de Cundinamarca, todo esto empezaría en una guerra civil efímera (diciembre de 1812 a enero de 1813) cuyas principales acciones bélicas se escenificaron en Ventaquemada, de camino a Tunja, y San Victorino, en la propia ciudad de Bogotá. Estos enfrentamientos no pueden compararse ni en magnitud ni en intensidad con la verdadera guerra que se estaba librando durante ese mismo período entre patriotas y españoles, con batallas tan sangrientas como las de Alto Palacé, Tacines, Río Palo, Calibío, Ejidos de Pasto y Juanambú, o con las fatales guerras del lado venezolano, las cuales en magnitud fueron más violentas. Los españoles continuaron en el territorio de la Nueva Granada después de la declaración de independencia de 1810 y fueron enfrentados por los patriotas en un periodo que debe dejar de estigmatizarse, gracias al ejército independentista de Simón Bolívar, lograron debilitar a los ejércitos realistas en la campaña libertadora de 1819 y para la fundación de Colombia.
El cuestionamiento hoy en 134 años de efemérides, es: ¿sí existe independencia colonialista?, al evocar “nuestros” compromisos con el fondo monetario internacional por deuda externa despilfarrados por gobiernos anteriores, que nos tienen comprometidos con tratados de libre comercio acordados en concesiones minero energéticas que arrasan con el medio ambiente a cambio del efímero impuesto a multinacionales que en regalías a engordado las arcas personales de políticos, con la escasa inversión pública polemizada en escándalos… O las importaciones de alimentos e insumos agroquímicos y farmacéuticos que inundan el mercado y quiebran la industria colombiana por competencia… Sin hablar de la politización de EEUU al cogobernar con influencia marcada de derecha y estigmatizar las reformas progresistas liberales de pueblos sumidos en corrupción, para tildarlos de revolucionarios comunistas por el temor de perder hegemonía sobre el poder popular y mantenerlos silenciados sin educación.

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