Lente rayado y soberbio, untado de pintura y polvo. Tu carga liviana y tu funcionalidad, la relación costo – beneficio más fácil de analizar y las marcas sobre la nariz imitando tobogán plastificado de colina asimétrica, en mi caso.
Las marcas de mis pinturas, los rayonazos del maltrato, las patas torcidas cuando posé donde me iban a salir las nalgas sobre tu presencia minúscula en el desvencijado sillón, son el fruto de la intensidad de la vida.
Tuve monturas grandes y cuadradas, o redondas y pequeñas nunca hicieron juego con mi rostro a pesar de las variantes. Nunca olvidaré aquellos lentes de los cuales no me despedí después del codazo de aquel pasajero de bus descuidado que me dejó en la desventura de la visión borrosa.
Cada rayonazo fue bien ganado producto del abuso, del tedio, de la falta de cálculo. Cada uno de ellos fue un símbolo de mis etapas lóbregas, de las cicatrices del alma. Cada gota de pintura disecada fue expresión de mi alma rupestre, callosa, agrietada, no acostumbrada a la felicidad ni a la realización.
Di besos contigo sobre mi nariz y te empañabas mientras yo me empeñaba en volver eterno ese momento.
Si los hubiese partido de un golpe habría dado tumbos por mi dependencia, no hubiese capiteles jónicos ni pálidas islas simétricas en mi sinuosa nariz promontorio de piel de muralista.
Por eso los soporté, por eso los he soportado por tanto tiempo. Por eso se resisten a salir del marco de mis cansadas orejas, para supuestamente evitar una caída.
Pero aún con mis lentes reconozco que he dado tumbos porque no solo es caída el tropezón e irse al piso. Cae el espíritu al doblegarse, el alma al rendirse y el ser completo al equivocarse o al chocar con muros imponentes.
Sin ellos caí al piso, di piropos a la persona equivocada en noches oscuras y lluviosas y hasta me acerqué a un enemigo para saludarle.
Declaro el amor a mis lentes limpios y transparentes, clásicos o modernos, señoriales o joviales, con las huellas de mi rostro, de mis dedos apresurados, empañados por el frío y la humedad, por la neblina de los corazones. Lentes humedecidos por lágrimas saltarinas, pintados, rayados, torcidos, con el signo de mi huella que se desvanece.
Al morir no quiero que me separen de ellos porque no tendría confianza para el postrer viaje, me sentiría inseguro ante ángeles borrosos y no tendría certeza de que hay bondad si no miro a los ojos al ser que juzga.
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