Eclipsado por cosas banales, ese era yo, un barco que naufragaba en el inmenso mar de la soledad sin timón y sin proa, en búsqueda de un desconocido lugar.
En mi búsqueda me encontré con una sonrisa resplandeciente, que sin percatar su magia se convirtió en mi ararat.
Niña encantadora, qué poder tienes tan magistral, que con solo una mirada mi sangre se mueve como las aguas del Dicle a través del jardín de Adán.
Como el chebika en el desierto, más que la ilusión de un caminante agotado y sediento, es la razón de mis suspiros en este frío vendaval producido por el estruendoso sonido del valle de Hoh, que es sinónimo de nuestra realidad; plasmada en estas letras por el invierno de la verdad, el cual sucumbe al sujetar tu mano.
En medio de un beso suave y delicado, me permito soñar, que por un instante soy un fénix que nace mientras muere en el deseo de fundirme en tu piel de cristal.
Y por siempre me puedas recordar como aquel aprendiz de caballero que estuvo dispuesto a quererte secuestrar, con la protección de Vasariah que siempre iluminará tu caminar y por nada en el mundo permitirá que te pueda lastimar.
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