De: Liza María Cobos Parra
Un plan casi ritual de fin de año con la abuela era ir a la plaza de mercado a comprar una espiga y el almanaque Bristol. Cuando aprendí a leer, la abuela y mi tío pedían de manera insistente que mostrara mis habilidades lectoras leyendo en voz alta las predicciones del tiempo. Escuchaban con atención los meses propicios de cosecha y las fases de la luna para podar las plantas y cortarse el pelo.
Este particular calendario tiene la función de brindar información sobre el tiempo y los procesos que se avecinan en el año que inicia. Cada conteo de año mide la propia existencia; para los seres humanos, cada año trae consigo un puñado de promesas, proyectos y metas por cumplir. Con ellas, la expectativa de cómo lograr que se hagan realidad.
Desde el neolítico, al cielo se le han atribuido poderes sagrados y una ruta de orientación para diferentes procesos de la naturaleza y la humanidad. A partir de allí, el sol marca en el firmamento las dos espirales de su trayecto, que equivalen a un año, 365 días y cada cuatro años 366 días. Las celebraciones de cambio de año son una tradición que surge en el neolítico y quizá antes; el sol es quien orienta el cambio de un tiempo a otro, el nacer para unos y renacer para otros.
Algunos de nuestros antepasados veían este gran momento como una gran fiesta, un nuevo comienzo de lo vital. Esto se ha venido transformando. Para dar un ejemplo: no deja de ser impactante el video de fin de año en París, donde miles de personas se reunieron en la zona del Arco del Triunfo a recibir el año 2024. La sorpresa de este encuentro es que todos los allí presentes graban con sus celulares el show de luces sin existir algún tipo de contacto, abrazos o miradas entre sí en el momento que el reloj marca las doce; toda la euforia del momento se reduce en la pantalla. Para las generaciones del siglo XXI, el cambio trae distintos retos. Entre ellos, la búsqueda de equilibrio entre lo laboral y lo familiar, la realización del ser y las demandas de nuestra sociedad capitalista. Actualmente, las interferencias entre la vida altamente productiva y el derecho a la pausa hacen parte de una queja colectiva.
¿Es necesario estar en sintonía con las exigencias sociales para dar inicio a un año?
Cada persona afronta los cambios de distintas maneras y desde sus propios recursos y posibilidades. Es algo que se debe tener claro; de seguro, ir por el camino que la gran mayoría toma no es la ruta, sería perder la autonomía. En cambio, se hace necesario acudir a lo distinto defendiendo el ritmo de sus propios pasos. Permitirse la pausa, retomar el contacto con el entorno y sobre todo consigo mismo y con el otro. Quizá un año nuevo genera la sensación de volver a nacer porque muere un calendario para dar paso a otro ciclo o forma de sentirse vivo. La vida es mucho más que el conteo de los años; es la sumatoria de vivencias y rituales que se transitan en la experiencia de cada día. Es darse la oportunidad de ver al firmamento y detenerse pensando que mientras se está allí, hay un sol que está caminando por los días.
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