Poema: DICIEMBRE (PRIMERA PARTE)

Por: Jean Carlos Arenas Parra


Ha vuelto diciembre
después de tanto tiempo.
Pero no el de ahora,
no el que cada vez
se acerca a pasos de gigante
casi sin darnos cuenta,
sino el de ya hace
varios calendarios atrás.
Aquél diciembre
que se veía tan lejano
y que todos (o casi todos)
en un sentimiento al unísono
esperábamos con ansias e ilusión.
El aire de repente
tiene un raro y delicioso bouquet
de pólvora, buñuelos y natilla
y casi como un ritual sagrado,
los adultos comienzan a desempolvar
los adornos y el pesebre
y la casa empieza a vestirse
de luces, de colores brillantes,
de recuerdos…
En las calles
guirnaldas de colores
reciben al vaivén del viento
a propios y extraños
y los vecinos que apenas
si saben de la existencia del otro,
adornan cada esquina,
comparten sabores y saberes
y entre abrazos y algarabía
desde todas las direcciones del viento
comienzan a llegar
al reencuentro con los suyos,
con los nuestros
aquellos familiares y amigos
de los que la vida
con sus muchas vueltas
pareció alejarnos alguna vez…


Y una noche,
casi como pequeños milagros
comienzan a florecer
luces en medio de la oscuridad.
Con cada una de ellas
se enciende un deseo,
se musitan las oraciones
de las abuelas:
la Navidad ha comenzado.
En el correo y sobre el árbol
como flores de papel
aparecen desde todas las latitudes
tarjetas rebosantes
de los mismos deseos de siempre:
paz, amor, salud, prosperidad…
Y con inocente caligrafía
los niños escribíamos
a un Dios infantil
tan lejano y cercano a la vez
(o tal vez a un bonachón anciano
del polo Norte),
esperando a que nos trajese
algo de lo más cercano a la felicidad,
aunque luego fuimos descubriendo
que eran nuestros padres
los verdaderos destinatarios
de nuestras tiernas misivas.


Va avanzando
la marcha de los días.
En la espera del nacimiento
de aquel Dios
«que a infantil alcance
se rebaja sacro»,

luchando un poco
contra el sueño y el frío,
antes de que el sol comience a asomarse
sobre los milenarios hombros del mundo
o justo en el momento
en el que la medianoche
marca el inicio de un nuevo día,
en las capillas todos se unen
en una misma voz
entonando los acordes
del «tutaina tuturumá»
y otros himnos memorables
y en las casas,
desde la más humilde
hasta la más palaciega,
y a veces en algún rincón
del microcosmos de alguna cuadra
familia y amigos nos reunimos
entre pitos, palmas, panderos y maracas
en los nueve días de espera
a que resuene aquel tan esperado
«Gloria in Excelsis»…


Pero no todo es brillo.
No todo es dicha ni magia.
Y aunque no lo creamos
hay quienes quisieran
que diciembre no existiera jamás
en el transcurrir de los tiempos
y lo esperan con glacial indiferencia,
a veces con tristeza y hasta odio.
Hay quienes
han dejado que el dolor
les haga metástasis,
hay a quienes la amargura
les ha puesto un velo negro
en sus ojos y el corazón,
hay para quienes vale más
algo de pan en su mesa
que los regalos, las fiestas
y las luces,
hay quienes se han vuelto invisibles
a las miradas ajenas,
hay quienes envuelven en papel de regalo
cada una de sus miserias humanas
pretendiendo ocultarlas
mientras dure el encanto de éstos días,
hay quienes aunque lo deseen
no tendrán con quién
unirse en celebraciones,
hay quienes luchan contra sus demonios
y la muerte
y aún no saben si habrá
otro diciembre
y menos aún, un mañana
en el horizonte.

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