Por: Mónica García
Se ha puesto de moda hablar de salud mental y las redes están inundadas de psicólogos, psicoterapeutas, influenciadores, coaches y todo tipo de profesionales, y muchos que no lo son, hablando de la ansiedad, la depresión, el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), los tipos de apego, entre otras patologías. Incluso, en los últimos días se popularizó aún más el famoso Síndrome de Asperger por cuenta de una supuesta condición del presidente revelada por su hermano en una malintencionada entrevista, lo cual, por cierto, sirvió para aclarar que dicho síndrome ya no se diagnostica ni se incluye en los manuales de enfermedades mentales como el CIE-11 y DSM-V desde el año 2013, sino que esa sintomatología se incluye dentro de los llamados Trastornos del Espectro Autista (TEA); a pesar de ello, el Asperger sigue siendo considerado por muchos como una cualidad de los grandes genios, algo no suficientemente comprobado por la ciencia.
En general, la información o, como le dicen ahora, el contenido que se comparte es adecuado, aunque da la idea de que se sabe lo suficiente sobre el tema como para poder identificar cuándo alguien cercano o nosotros mismos está padeciendo alguno de los mencionados trastornos. ¿Qué tan cierto es esto? ¿Podemos estar seguros de saber si algo no está marchando bien con nuestra salud mental o la de nuestros seres queridos?
Pareciera que nos sentimos a salvo de sufrir algún tipo de enfermedad y agradecemos que «eso» sólo les pase a otros: son los demás los que se suicidan aquejados por una terrible depresión o por problemas económicos o «sentimentales», quienes asesinan a sus compañeras o exparejas y hasta a sus hijos o hijas por no poder tolerar la frustración que les produce la separación; son los vecinos o conocidos quienes deben tomar medicamentos para controlar la ansiedad y poder ser funcionales en sus vidas; son otras y otros los que sufren de trastornos del sueño, de la conducta alimentaria, de la afectividad y por eso nos mantenemos alejados de los consultorios psicológicos. Vemos el acudir a un profesional para recibir orientación como algo tabú o sólo recomendable para casos extremos; nos conducimos un poco a tientas en la cotidianidad, a manera de ensayo y error, en las relaciones con nuestros familiares, parejas, compañeros de trabajo y nosotros mismos sin preguntarnos: ¿podría hacerlo mejor?
Y puede pasar que un día cualquiera esa historia familiar no resuelta, esos conflictos no expresados, esa carga emocional de culpas, de resentimientos, de estrés acumulada por años explota y nos embiste en forma de un ataque de pánico, de una taquicardia que confundimos con un problema cardíaco, de una hiperventilación que se confunde con un episodio de asma, de una tristeza o un desgano infinitos, de una insatisfacción que no podemos explicar. Porque somatizamos lo que no enfrentamos en su momento, pero además nuestra psique puede convertirlo en ira, en el deseo de evadir la realidad a través del consumo de drogas o alcohol, o la compra compulsiva de objetos, en comportamientos dañinos para nuestro cuerpo o nuestras relaciones interpersonales.
Por esto se debe mejorar la educación y ampliar el acceso a los servicios de orientación psicológica, para que se vuelva algo cotidiano y no extraordinario, como sigue siendo hasta ahora.
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