Por: Elizabeth Villamizar
En medio de un mundo cargado de caos, un alto en el camino que nos de calma en el corazón y se convierta en un escape a los días pesados cargados de pensamientos, eso es la meditación. Un hábito delicado y poderoso que ofrece su abrazo sereno como un refugio ansiado, en cuyos rincones silenciosos, las tensiones del cuerpo y el alma se disuelven y las preocupaciones se desvanecen, dejando espacio para la claridad y la quietud.
A través de mi experiencia he observado con asombro cómo la ansiedad, ese ladrón silencioso de nuestro sosiego, se desvanece ante el poder de la atención plena. Con cada inhalación y exhalación, la meditación se convierte en una melodía tranquila, una partitura musical que encuentra su armonía en los corazones que cultivan la compasión y la gratitud. Al llegar a realizar esta danza de serenidad y bienestar, nos volvemos testigos de la transformación interna, de cómo nuestro ser encuentra en lo profundo de nosotros mismos la paz.
La meditación nos hace una invitación constante a explorar un universo interior que se despliega como un cielo estrellado que nos refleja con franqueza. En ese universo, podemos encontrar la valentía de enfrentar eso que ante el espejo no somos sinceros de labrar en nuestra historia personal.
En el silencio, encontramos sanación, compasión y entendemos el concepto de agradecer. Dar gracias por poder dar cada pequeño respiro. Nuestros latidos, antes agitados como un torrente desbocado, ahora se sincronizan en un palpitar pausado, dejando que la salud física celebre de manera más tranquila el vivir. Incluso el esquivo amante del sueño sucumbe ante el dulce abrazo de la meditación, otorgándonos un descanso reparador.
Considero tan importante meditar, pausar y respirar como comer, pues esto se convierte en el alimento de nuestra alma, en el principal elemento para la lucidez y el bienestar mental, algo que hoy día es un recurrente tema de conversación: «la inquietud, el enemigo mortal de la estabilidad emocional».
Si las personas cambiaran su concepto sobre la meditación y dejaran de juzgar con comentarios como «no puedo meditar», «no soy capaz de hacerlo», «no me puedo concentrar», si tan solo fueran más allá de eso y encontraran un motivo, se darían cuenta de que en cada sesión la mente se convierte en un viaje al interior, un peregrinaje a través de los senderos de la mente y el alma, de lo vivido y lo anhelado. Recordándonos que el autoconocimiento es un regalo preciado, una brújula interna que nos guía hacia nuestra verdadera esencia.
En este proceso, no solo me he transformado, y lo hablo de manera personal porque durante muchos años estuve del otro lado de la moneda auto justificándome el no intentarlo.
Meditando, me he transformado, he aprendido a amar con una profundidad inexplorada y a conectarme con los demás de manera más genuina.
Hoy te invito a intentarlo, a dar gracias al despertar por estar vivo, a vivir un día a la vez, a tomar todo con serenidad, a crear ese santuario en medio de la tormenta, un faro de paz en la neblina de la vida moderna. En el latido de estas palabras, nace un llamado a la quietud, un recordatorio de que el auténtico viaje reside en la introspección. En un mundo lleno de ruido, la meditación nos invita a encontrar la belleza en el silencio y la plenitud en la autenticidad.
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