Ustedes fueron, sin saberlo, las curitas de mi alma cansada.
Llegaban con risas rotas, con historias que a veces pesaban, y aun así lograban coserme el día con solo existir.
Cada pregunta suya, cada consejo temeroso, cada mirada que buscaba refugio, me enseñó más de la vida que cualquier obra de mi escritorio.
Fueron mis pequeños consejeros, mis desordenadores de rutinas, mis motivos secretos para no rendirme.
Y mientras crecían, mientras aprendían a soltar mis manos, se llevaron pedazos de mí. Pedazos que no dolieron, porque estaban hechos de amor.
Hoy los recuerdo, y me late fuerte el pecho, ustedes fueron mis curitas del alma, y yo fui más yo porque los tuve.
Y hubo días grises, días en los que la vida pesaba, pero bastaba verlos llegar para que algo dentro de mí volviera a encenderse.
También hubo despedidas, esas que uno intenta tragar sin ruido, porque en el fondo sabía que cada uno de ustedes era una historia que ya no me pertenecía.
Y aun así, cuando pienso en lo que fui y en lo que sigo siendo, sé que ustedes dejaron en mí una marca imposible de borrar.
Y sé que, tarde o temprano, cuando la vida dé la vuelta y sus caminos crucen de nuevo el mío, nos miraremos con la paz de quien reconoce su historia en otros. Porque nada de lo que fuimos se pierde, y nos volveremos a ver.
A veces cierro los ojos, y escucho todavía sus voces, sus pasos llenando el aula, sus sueños desordenados buscando un hueco en el mundo. Y en ese recuerdo tibio vuelvo a sentir que nunca se fueron.
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