Por: El profe

Friedrich Nietzsche criticó el pensamiento obediente de la gente con la “moral de rebaño”, cuestionando la conformidad, la moral tradicional y la obediencia ciega a las autoridades, pues consideraba que anulaban el desarrollo del potencial humano. Dicho esto, observamos cómo en la actualidad se masacran seres humanos en diversas latitudes, donde algunas voces invisibilizadas protestan, mientras el grueso de una comunidad mundial se entrega a la indiferencia; empezando por el líder de la gran potencia mundial, quien ataca a diestra y siniestra con aranceles, misiles, insultos, calumnias y mensajes dantescos de un cavernícola que nada en dólares y al cual le rinden pleitesía como a un dios omnipotente.
Surge entonces una controversia con quienes aplauden la visión de un empresario triunfador. Personalmente, me indispongo al cuestionar —sin ser fanático religioso— y evoco pasajes donde el rey Nazareno invoca: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. ¿Qué nos pasó y por qué la historia repite el comportamiento demoníaco de algunos seres, mientras las masas se adormecen ante esas influencias como reses camino al matadero?
Desearía soñar con un mundo diferente, donde reinara la empatía, el respeto y la tolerancia; pero surge en el común aquel viejo dicho: “No se meta en lo que no le importa”. ¿Qué será del mañana con ese infierno mediático mundial? ¿O es simplemente una artimaña represiva de intimidación para demostrar el poder hegemónico de una raza que se cree superior y piensa como primates en evolución?
Debatir con esa clase de personalidades —sin argumentos objetivos, desconocedoras de la historia y dispuestas a sobrepasar cualquier límite para obtener sus intereses sobre los demás— es enfrentarse a una enfermiza postura de cazador frente a sus presas. En esa jungla de desadaptados, las víctimas terminan amando a sus verdugos en un vínculo sentimental que los psicólogos denominaron “síndrome de Estocolmo”. Su nombre proviene de un robo a un banco en Estocolmo, Suecia, en 1973, donde los rehenes desarrollaron una relación de simpatía con sus captores durante los seis días de secuestro, influidos por la percepción de que la policía representaba una amenaza mayor que los secuestradores.
En mi Patria Boba, sufrimos del mismo mal, al cual denominaremos “síndrome del Ubérrimo…”.

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