Por: Nerio Luis Mejía.

Las letras han sido mi refugio. Han sido trincheras donde las heridas encuentran su propia voz en cada renglón. En ese espacio íntimo, el silencio se transforma en semillas que esparcen esperanza. Escribo para que la memoria sea, al menos, lo único que sobreviva. Porque cada víctima olvidada en la guerra exige una coma para existir.
Lo he manifestado y lo seguiré sosteniendo: las letras son la forma más digna de no desaparecer en un país donde la memoria no guarda, y cada día surgen nuevos sucesos que distraen la atención. Desde carreteras polvorientas y caminos de herradura que conducen a las veredas, he aprendido que el dolor también germina. Allí, donde la violencia se niega a desaparecer, los campesinos seguimos sembrando esperanza con las manos heridas por una historia que insiste en sepultar nuestro dolor. Somos comunidades enteras que jamás se rinden, tercas en seguir habitando el único espacio que nos queda en este mundo.
Soy testigo de pueblos que se han levantado entre ruinas; de mujeres y hombres que se reinventan como única alternativa para vencer al miedo; de niños que dibujan mariposas y palomas en paredes derrumbadas. Con ellos he aprendido que la paz no se logra con decretos ni leyes: se siembra como la yuca, se riega con paciencia y se cosecha con lluvias.
En mis artículos, que generosamente publican los medios alternativos, he insistido: “La dignidad no se mendiga, se defiende con honor y humildad”. Porque el periodismo, cuando nace en lo más profundo de las regiones olvidadas, no es solo un oficio: es resistencia. Es el más genuino acto de contar la verdad de los pueblos sufridos que se niegan a desaparecer. Escribo desde el sur del Cesar, desde el sur de Bolívar, desde el Catatumbo, con la esperanza de seguir abrazando a quienes la historia ha querido olvidar.
Hay momentos en que asemejo mi vida a un espejo roto. Pero aparecen las letras para unir los pedazos y reconstruir nuestras historias. Cada letra, cada punto y cada tilde son una cicatriz que no duele, sino que reclama. Es a través de ese llamado colectivo que el dolor se convierte en la más pura conciencia.
He escrito: “Nadie resiste al tiempo”, pero la memoria escrita con letras impregnadas de la tinta de la razón prevalecerá para siempre. Por eso insisto en escribir y narrar, con la esperanza de que los testigos mudos no se borren ni que los violentos escriban el último capítulo de la página de aquel gran libro elaborado con las lágrimas y el sufrimiento de millones de víctimas que sobrevivimos para contar la tragedia.
El periodismo no puede limitarse a contar lo que pasa; debe también entender lo que nos hiere, lo que insiste en mantenerse en silencio y aún persiste.
Cuando escribo, escucho las voces de los viejos, las risas de los niños que se esconden detrás de las matas de plátano. Por eso reafirmo: “Mi memoria es un lienzo dibujado con mil recuerdos; mis sentimientos están esculpidos con el cincel de la vida, el que convierte mis pensamientos en letras con olor a ríos y montañas, el que viaja en medio de vuelos de pájaros y desafía al viento en el revoloteo de mariposas”.
Esa es mi razón más fuerte para escribir: un testamento que se congela en el tiempo. Porque mientras haya una historia que contar, un campesino que resista o una víctima que reclame justicia, las letras seguirán siendo el único refugio y las trincheras que resisten la embestida de la violencia y el olvido.

Sobre el autor:
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