EL DÍA EN QUE LA VIOLENCIA LLAMÓ A MI PUERTA

Por: Nerio Luis Mejía.

Fue ese fatídico 13 de diciembre de 1998 cuando alguien tocó la puerta de aquel pequeño rancho de madera que una vez existió en medio de un cafetal. Al notar el comportamiento extraño del heraldo que traía la devastadora noticia, me apresuré a preguntarle: “¿Qué pasa? ¿Qué vienes a decirme?”. Me respondió con calma: “Mataron a tu hermano”. En ese momento sentí que el mundo se detuvo. Por primera vez en mi vida, sentí el frío de la soledad que trae consigo la muerte de un ser amado.

Caí de rodillas, miré con frenesí al cielo en busca de una respuesta ante ese inmenso vacío que quedó en mi vida. El llanto brotó de aquel cuerpo adolescente como una represa que se rompe sin previo aviso. Las emociones contenidas ante el impacto del suceso me envolvieron en una gruesa nube que me sumergió en un desconcierto profundo.

Las heridas causadas por la violencia no cicatrizan con el tiempo, ni el dolor de un alma lastimada se cura con el olvido. Por eso decidí escribir: porque me niego a aceptar el silencio impuesto por los violentos. Escribo para que no se borren los nombres de quienes han sido arrancados de la vida por la injusticia. Escribo para que la memoria sea un acto de rebeldía y no de resignación.

Hay momentos en los que aún siento los pasos apresurados de aquel mensajero, y en mi mente habita aquella tarde gris que se niega a ser sepultada junto al cuerpo que una vez me abrigó con su calor. Hoy no tengo a mi hermano; me lo arrebataron. Pero su partida me dio el valor para escribir y contarle al mundo que el mejor tributo a nuestros muertos no es un minuto de silencio: es enfrentar con valentía y reclamar justicia ante la impunidad que persiste en nuestro país.

El sepelio de mi hermano no enterró el dolor que siento en lo más profundo de mí. Al contrario, despertó con furia la pasión de escribir. Cada texto contiene códigos secretos que solo yo sé descifrar. Cada tilde, cada punto y cada coma están escritos con gotas de lágrimas que no solo brotan de mis ojos: son ríos que fluyen desde lo más hondo de mi alma, irrigando los sentimientos de un hombre herido por la violencia, pero que lucha sin descanso para que las vidas que arrebata la injusticia al menos sean recordadas con letras esculpidas con dignidad.

Se acabaron las tardes de avistar golondrinas junto a mi hermano, de perseguir los cantos de los sinsontes como solíamos hacerlo. Se acabaron las pescas y caminatas a orillas del río Ariguaní. Siento que sus aguas perdieron el encanto refrescante que relajaba nuestros cuerpos. La violencia que se llevó a mi hermano cargó consigo la alegría de los jóvenes que paseaban a lomos de caballos, los que disfrutábamos de un partido de fútbol, los que cantábamos a viva voz los vallenatos del momento entre cafetales. Mi hermano, aunque me lo hayan quitado, sigue viviendo en mí. Su alegría no desaparecerá ni con el paso de los siglos, y mis letras serán siempre la pared que resiste los golpes que insisten en derribar las puertas de aquel rancho de acero que construí con los materiales más resistentes: mi propio dolor.

Espero que la violencia no vuelva a tocar mi puerta. Esta vez, los muros de la verdad están hechos con letras que resisten al tiempo y al olvido. Las víctimas tienen un espacio en el alma de este escritor campesino. El silencio no es una opción ante las injusticias de un Estado que sepulta el dolor de quienes hoy sufrimos en medio de la soledad, ante la pérdida de nuestros seres queridos.

Sobre el autor:

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