Por: Nerio Luis Mejía.

Con la mochila arahuaca colgada sobre mi hombro izquierdo y un pequeño bolso con apenas dos mudas de ropa y mis útiles de aseo, decidí hace muchos años recorrer los caminos en busca de los rostros desconocidos heridos por la violencia. Más allá, donde todo se tiñe de azul ante los límites de la vista, en medio de la densa niebla que parece habitada solo por la imaginación, he llegado para dar a conocer las historias de las víctimas invisibles. Mujeres que dejan escapar sus lágrimas como huellas imborrables de recuerdos que marcaron sus vidas para siempre.
Más allá, donde el destino se repite, donde los rostros fueron silenciados por la metralla y el fusil, nace esta crónica que no permitirá que las historias queden enterradas. Allí comprendí que los muertos no solo se fotografían en las morgues: también quedaron esparcidos en los patios de humildes casas, en los andenes polvorientos de los caseríos, como hojas secas levantadas por el viento de la violencia. Cada relato es una muestra de dolor, de heridas que no cicatrizan con el paso del tiempo.

Ese día conocí que era portador de una arrogancia egoísta: la de querer quedarme con todo el sufrimiento, como si nadie más existiera en la misma condición. Nos abrazamos en señal de consuelo, con la promesa de dar a conocer el padecimiento de esos rostros desconocidos heridos por la violencia.
Muchas cosas aún nos perturban: el aullido de los perros, los golpes en la puerta en plena noche, el timbre del teléfono que nos arrastra a recuerdos fatídicos, como si presagiara la tragedia que regresa una y otra vez. Todavía permanecen los objetos de aquellas almas que partieron hacia un lugar del infinito, quizá sepultadas por el olvido.
Un viejo álbum insiste en mantener viva una fotografía borrosa tomada en algún instante de felicidad. De tanto acariciarla con manos ásperas, la imagen se diluye entre el contacto físico y el tiempo, que poco ayuda a conservarla. Los cabellos ya lucen grises, pero las lágrimas brotan tan intensas como si revivieran aquel momento trágico que marcó los rostros desconocidos sobre los que se abatió la violencia.
Un profundo silencio sella la conversación, no por falta de palabras, sino como muestra de respeto para tomar nuevas fuerzas y continuar el viaje hacia aquellos tiempos en que la tribulación reinaba en cada alma. Los hombres intentan parecer fuertes: levantan la mirada al cielo, se toman unos segundos y continúan la charla, a menudo acompañada de un pocillo de café. Tras un sorbo, bajan la mirada al suelo, quizá hacia la misma tierra que, con su polvo, cubrió la sangre de las almas caídas, que se niegan a ser borradas de la memoria de quienes las amaron.
Frotar las manos una contra otra es señal de que el dolor no solo se siente: también se expresa, se manifiesta en cada gesto que busca distraer la inmensidad del sufrimiento.

El vacío de la soledad es evidente. Hay quienes desean que en sus jardines florezcan solo flores negras, en señal de luto. Pero la naturaleza insiste en seguir su curso, y las flores de colores traen consigo a las abejas que, con el zumbido de sus alas, rompen el silencio de la conversación que sostenemos con los rostros desconocidos heridos por la violencia.
Me despido con mi libreta de apuntes, que no solo guarda letras: contiene historias de almas desconocidas, perdidas en el tiempo y en el olvido, esperando ser escuchadas para aliviar su dolor.
Sobre el autor:
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