Por: Nerio Luis Mejía.

Muchos hombres crecimos escuchando la célebre frase: “los hombres no lloran”. Tal vez quien la inventó lo hizo como única salida ante una pena que lo hirió, y quizá nadie se acercó para darle consuelo. Eso lo llevó a repetirla frente a las situaciones que aquejan a los seres humanos, sin importar el género.

Soy fruto de la unión de dos personas con ideologías políticas distintas: una madre conservadora y un padre liberal de pura cepa. Ellos me educaron con rectitud, de la mano de una espiritualidad que cree en un Dios que pesa y evalúa nuestras acciones. Aprendí que nuestras vidas se mueven constantemente entre dos fuerzas invisibles que representan el bien y el mal, y que, sin importar las circunstancias, debía mantener siempre mi pulcritud moral frente al mundo, por muy descompuesto que parezca.
En el transcurso de mi mediana edad he vivido situaciones tan fuertes que invitan incluso al más “macho” a llorar. Pero recuerdo la célebre frase y prefiero tragar mi propia saliva, desatorar el nudo de mi garganta y continuar como si todo estuviera bajo control.
Así enfrenté las distintas formas del sufrimiento: sacando fuerzas de mi propio dolor ante la pérdida de seres queridos, de oportunidades que escaparon de mis manos y —por qué no decirlo— también de las heridas que dejan los coletazos del amor.
En el momento uno se lamenta, intenta llorar, pero todo pasa. Una vez el sufrimiento se disipa con los vientos, regresan nuevas ilusiones que alimentan la esperanza. En el pensamiento se edifica entonces una torre amurallada que resiste los embates del dolor y nos mantiene a salvo, aunque sea por un instante, de su insistencia. Porque si no llega por voluntad propia, a veces lo atraemos por curiosidad.
Quienes tuvimos el privilegio de nacer en el lugar más alegre y colorido de Colombia, la costa atlántica, sufrimos de manera muy particular. A las tragedias se les recuerda con canciones; la muerte tiene su propia danza, la del garabato; y existen leyendas de valientes hombres que, al son del acordeón, vencieron al propio Satanás.
A las estocadas del amor se les hacen composiciones, se pintan mariposas amarillas, y los poemas convertidos en vallenatos son el más claro ejemplo de que los habitantes del Caribe hemos aprendido que, muchas veces, del dolor nacen las fuerzas que nos permiten crear letras como estas que ahora lees.
He aprendido a caminar en medio del dolor, a reír a pesar de sentir una daga clavada en el pecho. Todo es parte del proceso. Los hombres no es que no lloren; es que al hacerlo dejan al descubierto el mal que los aqueja, lo cual podría herir a los demás. Por eso durante mucho tiempo he sufrido en silencio. En medio de la noche callada, la tranquilidad se rompe con el estruendo de las gotas de lluvia que golpean torpemente el zinc. Las aves que surcan el cielo en la penumbra se revelan ante la agudeza de un oído que permanece despierto, aunque el pensamiento esté en otro lugar.
Quizás algún día inventen la cura para los males del alma, pero al hacerlo se perdería la mejor parte de lo que nos hace humanos. Mientras tanto, seguiré siendo constructor de ilusiones, alguien que aprendió que nada de lo que necesito para reconstruirme está fuera de mí. Por el contrario, descubrí que las fuerzas nacen de mi propio dolor.
Sobre el autor:
FORO DE OPINIONES LIBRES es un espacio autónomo donde nuestros lectores, el público en general e invitados comparten sus ideas sobre diversos temas con total independencia. Las opiniones expresadas no reflejan la posición del medio; simplemente defendemos la libertad de expresión e información.







Deja un comentario