Por: Jean Carlos Arenas Parra

«Las corrientes arrasaron el asombro, nada dejaron ellas y la muerte que todo lo vencieron».
-Hernán Urbina Joiro
1
Lunas atrás, las toses convulsas
del león dormido
eran el primer síntoma del infierno en ciernes.
Los mapas ya estaban trazando
el itinerario de la muerte.
Pero pocos sabían de sus coordenadas,
burdos intentos sobre el papel,
lejanos de la amenaza latente.
Se repartieron los sismógrafos,
enigmas tecnológicos
útiles ahí como la luz para un ciego.
Un olor a azufre
mezclado con ojos cegados a voluntad
empezó a espesar el aire.
Y a las 3 de la tarde
la ceniza con su manto gris
hizo llamar a la calma antes de la desgracia.
2
De repente la montaña convulsionó
y de su útero oscuro
nació la muerte arrasándolo todo.
(Pero días atrás sus gritos de parto
fueron silenciados desde la capital).
Los truenos parecían desvanecer en el aire
la inminencia del cataclismo.
Un «se nos vino el agua»
a través del teléfono
fue el anuncio del juicio final.
Y sin dar chance de nada, los lahares iniciaron
en su danza voraz de húmedos cuchillos
el despliegue del exterminio.
Todo fue gritos, lamentos y llanto,
y pronto el silencio fue el único sonido.
Y Armero, otrora próspero y vibrante,
era apenas una masa gris y amorfa
de lúgubre lodo y desolación.
3
Aquella noche fue avanzando a pasos
más lentos que de costumbre.
Un lamento masivo acompañó
en doloroso coro el canto fúnebre de los grillos.
Y al rayar el alba, una larga estela
de árboles arrancados, hogares rotos y cadáveres
era el cruel testimonio del horror reinante.
Los cuerpos muertos y rotos de millares
sirvieron de puente para que unos pocos
salieran a flote hacia la vida.
Desde el aire, pájaros mecánicos en su vuelo de metal
van llevando a los sobrevivientes.
Con la humanidad más presente que nunca, algunos
proceden al rescate de sus hermanos, vivos o muertos.
Otros, en cruel saña peor que bestias,
olvidan a los suyos saqueo tras saqueo.
Y algunas madres dejaron de serlo:
sus hijos ahora pertenecen a otros nidos lejanos.
4
El río, alguna vez fuente de vida
ahora alberga en sus aguas lodo y sangre.
Muchos ven su dignidad desvanecerse
mientras otros alimentan su miseria
con pan y techo ajenos.
Pero en medio de la desolación manos anónimas
enjugaron las lágrimas, curaron heridas,
dieron calor y alimento.
Miles de ojos no se quedaron solo
con ser testigos silentes de la destrucción:
lloraron y enterraron sus muertos y los ajenos.
Sombras largas y con rostros vacíos
transitan errantes entre el barro infinito,
buscando a los suyos, a veces, infructuosamente.
Calles y jardines en donde un día la vida florecía
ahora son parte de un extenso y triste camposanto.
(Y en algún lugar entre los escombros,
Omaira con sus ojos color de noche eterna
parte en lenta agonía a las estrellas).
5
De Armero apenas queda el nombre
y un agridulce recuerdo renuente a la muerte
entre el verde que ahora lo puebla todo.
El pueblo que una vez vio nacer tantas historias
es ahora un triste sarcófago a cielo abierto.
Sus hijos dispersos en todas las direcciones del viento
van regresando de a poco de su diáspora involuntaria.
Algunos vuelven queriendo en vano recoger sus pasos,
otros se debaten entre el recuerdo y el olvido.
Algunos llevan grabadas en la memoria las coordenadas
de un hogar que ahora solo existe en el jamás.
Algunas madres recuperaron el fruto de sus vientres
y a otras solo les queda elevar una plegaria
por los que ya nunca volverán a sus brazos.
Tal vez los muñones y las heridas hayan sanado
pero el fuego aún arde y quema: el dolor continua vivo.
Al final la montaña nos unió a todos
en un lamento a una sola voz que aún hoy resuena.
Sólo resta avanzar en el camino,
llevando a cuestas el peso del tiempo implacable…

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