LAS VOCES EN MEDIO DE AQUEL SILENCIO

Por: Nerio Luis Mejía.

“En memoria de las familias campesinas que huyeron de la violencia paramilitar en busca de protección en el vecino país de Venezuela, al igual que todas aquellas personas que murieron a manos de las guerrillas en Colombia.”

Cuando todos callan ante lo que pasó, cuando se niega la existencia de la razón, aparecen las voces que, en medio de aquel silencio, se transforman en letras. Desde caminos empantanados, donde se conservan las huellas mudas de quienes huyeron para salvar sus vidas, y que, a pesar del verano de la soledad, se resisten a desaparecer, creando un duro molde que ni el tiempo ni la desidia podrán destruir.

Los pies descalzos que esculpieron trochas, las heridas abiertas causadas por troncos y piedras, aunque hayan sanado, aún mantienen en lo más profundo un intenso dolor. El ruido de los ríos, los ecos de los disparos y el llanto de mujeres y niños persisten incluso en el silencio de la noche.

Hombres sudorosos limpian su frente con el dedo índice, mirando al suelo. No es una señal de rendición: no hay lugar para pensar en regresar. Es el desespero mismo que abriga la esperanza de encontrar un refugio seguro, que los guarde del alcance de la mano homicida, semejante a un monstruo sediento que se alimenta del miedo de quienes sufren el abandono en una tierra sin esperanzas. Los riscos de las montañas observan como vigilantes inmóviles, dando ventaja a los pasos apresurados de quienes logran alcanzar la empinada cumbre. La sombra del bosque deja de ser tenebrosa y se convierte en el mejor abrigo, ocultando de la vista maligna a quienes, en medio del silencio, invocan una oración en sus pensamientos como señal de consuelo.

Nadie mira las estrellas. Lo que menos importa es la luz: la oscuridad reina en los improvisados caminos que se abren con la fuerza de los vientres y las manos de quienes esperan encontrar la salvación. Cada paso es un riesgo que se toma en medio de la nada. No hay mucho que perder, solo sueños por sobrevivir. No hay lugar para pensar en la serpiente venenosa que clave sus afilados colmillos en cada tobillo descalzo. Los metros alcanzados por aquellos pasos presurosos son una señal de victoria: un escape de la muerte y un triunfo que se vive sin celebraciones.

La noche, a pesar de lo eterna, también tiene su final para los que sobreviven. Con la claridad del día empiezan nuevas batallas: las que se libran contra la naturaleza y contra su propia biología. Aparecen el hambre, la sed, el sueño, los insectos y la impotencia ante el insistente llanto de los niños que reclaman alimento; de la adolescente que olvida su ciclo menstrual, y una mancha en su ropa da aviso primero a la vista de quienes la acompañan en medio de la marcha de las almas que deambulan en medio de la nada. Los hombres se reúnen en silencio, como quien no quiere alarmar ante la tragedia.

Se toman decisiones, se asignan funciones. Las mujeres esperan la voz de avanzar o permanecer inmóviles, arrullando a sus niños, tiradas en el suelo sobre las hojas secas de los árboles que les sirven de escudo.

Los caminos no hablan, pero se niegan a ser borrados, en espera de algún sobreviviente que pueda contar lo que allí pasó. Con el paso del tiempo, los cuerpos caídos quedaron convertidos en osamentas desarmadas, a consecuencia de los perros y aves carroñeras que se alimentaron con despojos humanos de quienes fueron alcanzados por las manos de los violentos.

En medio de aquel silencio que aún persiste, se escuchan las voces de quienes aseguran haber visto a familiares regresar al lugar donde el destino de sus seres queridos se selló, pero jamás se sepultó. Quedó expuesto en aquel incompleto esqueleto, del que solo pudo encontrar la calavera entre tantas. La levantó con sus manos, la puso a la altura de sus ojos y, por pura intuición, creyó encontrar la de su hijo. La echó dentro de una mochila que colgaba sobre su hombro izquierdo y continuó por los lomos de aquella trocha, que se mantiene como testigo mudo de quienes corrieron y sobrevivieron para testificar lo contado, y de los que cayeron a consecuencia de la violencia.

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