Por: Anónimo

Es muy cuestionable discernir lo que sucede globalmente en nuestras sociedades ante el caos generado por políticas extremas y represoras —sean de derecha o de izquierda— frente a la situación de muerte, violencia y hambre en diversas latitudes. Todo ello, producto de guerras absurdas por recursos energéticos, posiciones estratégicas territoriales y confrontaciones político-religiosas, que se justifican bajo supuestas luchas libertarias y antiterroristas.
La indolencia ante los genocidios nos ha hecho indiferentes, al punto de caer en la complicidad silenciosa por el sometimiento servil a intereses económicos auspiciados por las grandes potencias. Citaremos algunos de estos conflictos:
Invasión rusa a Ucrania (2014-2022).
Rusia intensificó su invasión en 2022 para impedir que Ucrania se uniera a la comunidad europea y a la OTAN, considerándolo una amenaza a su seguridad e intereses mineros. En el fondo, el conflicto involucra la disputa por recursos como uranio, litio, titanio, grafito, manganeso y tierras raras, vitales para la industria militar, energética y tecnológica. A ello se sumó el bloqueo del gasoducto en 2025, dentro del contexto de la influencia que aún conserva la antigua Unión Soviética.
Conflicto Israel–Palestina–Líbano.
Este conflicto, con profundas raíces históricas y religiosas, ha estado marcado por décadas de violencia y negociaciones fallidas. El sionismo, surgido como movimiento nacionalista que buscaba el retorno del pueblo judío a la “Tierra de Israel heredada de Abraham”, fue impulsado por Theodor Herzl en 1896, considerado el padre espiritual del Estado de Israel.
Tras el Holocausto, en el que seis millones de judíos europeos fueron asesinados entre 1933 y 1945 por el régimen nazi, la ONU aprobó en 1947 la resolución 181, que estableció la partición del territorio de Palestina —entonces bajo dominio británico— en dos Estados: uno judío y otro árabe.
Desde su creación, Israel inició ocupaciones ilegales en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental, impidiendo a los palestinos organizar su propio Estado y controlando sus recursos hídricos y agrícolas. Hoy, miles de palestinos mueren de hambre, mientras continúan los ataques y represalias entre Israel y grupos como Hamás, cuyo atentado de octubre de 2023 dejó 1.200 israelíes muertos. La respuesta militar israelí, calificada por la Corte Penal Internacional en 2024 como crimen de lesa humanidad, ha provocado más de 67.000 muertes palestinas, con el apoyo incondicional del gobierno estadounidense a Netanyahu.
En el caso del Líbano, la creación del Estado de Israel en 1948 generó una tensión que se profundizó con el surgimiento de la OLP en 1970 y la consolidación posterior de Hezbolá, grupo de resistencia armado contra la ocupación israelí.
Guerra en Siria.
El conflicto sirio, iniciado en 2011 como una revuelta civil, derivó en una guerra multifacética por el control territorial estratégico del transporte de petróleo desde el Golfo Pérsico hacia el Mediterráneo y Europa. La rivalidad religiosa entre suníes y chiíes avivó la guerra. Rusia e Irán apoyaron al gobierno de Bashar al-Ásad y a grupos como Hezbolá, mientras Arabia Saudita, Turquía y Estados Unidos respaldaron a la oposición. El resultado fue el caos, la fragmentación y la aparición de grupos yihadistas como el Estado Islámico (ISIS). A finales de 2024, Ásad fue derrocado y asilado por Putin.
Guerra civil en Yemen.
Comenzó en 2014 entre los rebeldes hutíes chiíes, apoyados por Irán, y el gobierno reconocido internacionalmente, respaldado por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Surgido tras la Primavera Árabe de 2011, el conflicto ha provocado la peor crisis humanitaria del planeta, con hambruna, desplazamiento y desescolarización infantil. En 2023, los hutíes intensificaron el conflicto atacando buques mercantes en el Mar Rojo, lo que generó represalias militares internacionales.
Conflicto armado en Sudán.
Iniciado el 15 de abril de 2023, enfrenta a las fuerzas armadas del general Abdel Fattah al-Burhan contra las Fuerzas de Apoyo Rápido del general Mohamed Hamdan Dagalo. El trasfondo es la disputa por el oro y su relevancia geopolítica. El conflicto ha generado hambruna, desplazamientos masivos y una preocupante indiferencia mundial.
Guerra en Birmania (Myanmar).
Con raíces que se remontan a la invasión japonesa de 1942, este país del sudeste asiático enfrenta conflictos étnicos y luchas de poder exacerbadas tras el golpe militar de 2021. Birmania posee grandes recursos naturales (jade, gas, petróleo, energía solar e hidroeléctrica) que han despertado el interés global. China y Rusia suministran armas al régimen militar, mientras la ASEAN y la ONU presionan por una salida pacífica.
Conflictos en Etiopía y Somalia.
Ambos países enfrentan crisis por la disputa de recursos hídricos —como el Nilo— y los efectos del cambio climático. La región del Cuerno de África, estratégica para el comercio marítimo del Mar Rojo, se ha convertido en un tablero de competencia entre potencias como Egipto, Turquía y Estados Unidos. Las tensiones se remontan a la guerra del Ogadén (1977) y se agravan con nuevos acuerdos marítimos y disputas fronterizas.
Conflictos en América Latina.
Nuestra región tampoco escapa a las luchas étnicas, ideológicas, políticas y territoriales. En Colombia, la violencia se ha perpetuado por la financiación del narcotráfico —marihuana y cocaína— que ha penetrado la economía lícita e ilícita del país, corrompiendo instituciones y comprando voluntades en los poderes estatales.
El lavado de activos, la impunidad judicial, las extradiciones manipuladas y el uso del miedo como herramienta política han mantenido un sistema enfermo. Hoy, la tensión con Venezuela en el Caribe se aviva por el interés en sus enormes reservas de petróleo, alentada por discursos irresponsables como los del expresidente Donald Trump.
Resulta lamentable escuchar a “supuestos líderes” que, por cinismo o manipulación ideológica, confunden a un pueblo históricamente golpeado. Esas alianzas de intereses económicos multinacionales esconden crímenes de lesa humanidad y mantienen el doble discurso de las potencias que, mientras promueven guerras, son también los mayores consumidores de droga.
En el contexto de la actual contienda electoral colombiana, resulta indignante que se tache de “narcotraficantes” al primer gobierno que ha enfrentado realmente a los narcotraficantes y no a los campesinos. Por ello, Colombia requiere con urgencia una reforma constituyente que depure y salvaguarde la justicia, para no repetir la vergüenza de fallos amañados que encubren crímenes mayores bajo el disfraz de sobornos o fraudes menores.
No podemos permitir que el gran “Polombiano”, el Matarife #82, conocido como “Varito Bendito” por el capo Pablo Escobar, vuelva a la arena política. Ese mismo poder oscuro y criminal, como advirtió Luis Carlos Galán Sarmiento en los años ochenta, sigue amenazando la democracia. Y a él le costó la vida.

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