LA SALUD MENTAL DE LOS LÍDERES Y DEFENSORES DE LOS DERECHOS HUMANOS EN COLOMBIA

Por: Nerio Luis Mejía.

Trabajar por las comunidades en los roles de líder social y defensor de los derechos humanos en Colombia ha sido siempre una actividad de alto riesgo. Es tan evidente el peligro que lo mínimo que debes usar es un chaleco antibalas para proteger la integridad ante las amenazas provenientes de los distintos actores que ejercen dominio social y territorial en gran parte del país.

Es muy difícil que una vez que te conviertes en líder social y defensor de derechos humanos dejes esa actividad, salvo en algunas excepciones motivadas por fuerzas superiores o violentas que impactan directamente en tus emociones. La salud mental de los líderes y defensores debería ser un tema de preocupación, lo que exige un compromiso interinstitucional para abordar ese grave problema.

He venido realizando una serie de preguntas a líderes, lideresas y defensores(as) de los derechos humanos, y la gran mayoría coinciden en sus afirmaciones de convivir con un estado de miedo permanente, delirios persecutorios y una ansiedad que desborda el límite de lo normal. Las instituciones del Estado, que se apoyan en el trabajo de quienes están expuestos en su constante lucha en defensa de las comunidades, no han mostrado un mínimo de preocupación, mucho menos diseñado un programa especial que aborde la salud mental de nuestros líderes sociales y defensores de los derechos humanos.

En la mayoría de los casos, nos sentimos utilizados por la institucionalidad, al igual que por las organizaciones internacionales cuya misión es la defensa de los derechos humanos de los líderes y sus comunidades. Hemos sido ignorados; solo se nos tiene en cuenta a la hora de justificar un evento, en donde nuestros nombres se van en planillas de asistencia que contienen una serie de casillas que debemos diligenciar, las cuales corroboran el gasto de los almuerzos y refrigerios que nos brindan a la hora de la invitación.

Regresamos de vuelta a nuestras alejadas veredas, sintiendo no solo el frío del ambiente, también la soledad que nos cobija al tener que enfrentarnos a la realidad violenta con la que convivimos en los territorios. Un sentimiento de culpa nos acusa por haber dejado nuestras actividades del campo para asistir a largas jornadas de reuniones que terminan en lo mismo. Pareciera que nuestro trabajo se pierde como quien construye en el viento o como aquel insistente que ara en el mar.

El trabajo del líder es pasión en su máxima expresión; no hay sueldos, no hay reconocimiento, solo la satisfacción de ver progresar nuestras comunidades. También sentimos en algunos casos que hacemos nidos para quienes utilizan lo social en sus pretensiones políticas. Nuestras mochilas y bolsos están repletos de folletos informativos, agendas y lapiceros que certifican la asistencia a las reuniones convocadas por las distintas instituciones y organizaciones que nos invitan.

Muchas veces llegamos sin una bolsa de pan a nuestros hogares, pero todo empieza de nuevo tras un efímero abrazo de esposas e hijos, que nos preguntan: «¿Cómo te fue?» Respondemos con la mente aún en el salón de eventos: «Bien». Pero quizás el alma cansada ante la angustia de los peligros que nos acechan. Sentimos una gran pasión por lo que hacemos, pero también exigimos una mirada hacia nosotros, que no toda la atención se centre en el conflicto armado. Que se hable más de la salud mental de nuestros líderes, lideresas y defensores de derechos humanos, que nuestros estados de ánimo y de salud requieren la misma importancia que despiertan los violentos.

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