Antes de Hollow Creek, hubo otro pueblo. Su nombre se perdió en el tiempo, como si la historia misma hubiera decidido borrarlo para evitar el recuerdo de lo que allí ocurrió. Fue en ese lugar donde Franklin Myers empezó su vida como sheriff. Joven, imponente, con un porte que transmitía confianza, todos lo veían como el hombre que protegería a la comunidad. Pero Franklin no siempre había sido ese hombre respetado.
En su infancia, había conocido la violencia como pan de cada día. Su padre, un minero alcohólico, lo golpeaba sin razón, mientras su madre desapareció una noche sin explicación. Muchos murmuraban que había escapado, aunque Franklin sabía bien lo que había pasado: aquella noche, los gritos se habían apagado en seco, y el pequeño Franklin había aprendido a guardar silencio.
Su primer crimen como sheriff no fue planeado. Un prisionero, acusado de robo, lo había insultado en la celda. Franklin lo golpeó con tal brutalidad que lo dejó sin vida. Asustado al principio, escondió el cadáver en un viejo pozo abandonado en las afueras. Sin embargo, aquella noche no sintió remordimiento. Por el contrario, una calma extraña lo invadió. Por primera vez en su vida, el dolor y la rabia desaparecieron.
El pueblo creyó que el prisionero había escapado. Franklin se encargó de difundir la noticia con serenidad, y nadie lo cuestionó. Había nacido algo dentro de él, algo que ya no podría detenerse.
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