LA VENGANZA DESDE EL MÁS ALLÁ

Por: Nerio Luis Mejía.

La siguiente narración no hace parte de un hecho corroborable, es producto de sucesos narrados por los habitantes de aquellos territorios que han sido muy golpeados por la violencia. En nuestro inquebrantable compromiso como medio alternativo al servicio de las comunidades, le damos vida a aquellas historias que se guardan como un preciado secreto por parte de quienes conocieron determinados hechos violentos, pero que por razones obvias jamás se atreven a contar por el peligro que representan para sus vidas: los sucesos que a diario experimentan los habitantes de la Colombia rural y profunda.

A continuación, le damos inicio al siguiente diálogo que transcribimos con letras, para guardar en la memoria de un país que hace historia de los distintos acontecimientos que han hecho de Colombia un país que, en medio de la guerra, también ha realizado grandes aportes a la cultura universal.

Todo comenzó por el interés de conocer sobre un hecho de extrema gravedad que había ocurrido en una de las regiones más violentas del país. Me desperté muy temprano, como de costumbre, preparé mi café y alisté mi libreta de apuntes, con un rosario que cuelga sobre mi cuello y dos «a seguranzas» atadas en cada uno de mis tobillos, que me regalaron las autoridades de uno de los pueblos indígenas que habitan en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Al llegar al lugar, fui recibido por un campesino alto; su figura imponía el carácter de quien a punta de hachas abre caminos y siembra esperanzas en medio de la adversidad. Me dio un fuerte abrazo, impregnó de sudor mi vestidura; sus manos dejaban ver lo duro que es ganarse la vida a través de golpear la tierra a punta de barretón. Las cicatrices sobre sus venas, que se asomaban en la piel, eran muestra de la fuerza de su espíritu, que junto a su cuerpo irradiaba el calor del sol que a diario golpea la frágil humanidad convertida en acero, moldeada por la lluvia y el viento.

Nos sentamos sobre dos troncos de madera que improvisaban sillas sin envidiar la comodidad que se experimenta en cualquier set de grabación. Mirando hacia los lados, girando de manera continua su cuerpo, cerciorándose de que estuviéramos solo los dos, empezó su relato:

«En esta vereda ingresaron a un grupo armado una pareja de adolescentes; no superaban los 17 años. Desconozco las razones que los motivaron a tomar tal decisión. Nos cuentan que con el paso de los días los jovencitos se aburrieron de hacer parte del grupo ilegal, por lo que decidieron abandonar las filas en un acto de deserción, pero por infortunio fueron capturados por los integrantes de la organización criminal a la que habían ingresado».

«Los amarraron, se los llevaron a una casa abandonada que hacía las veces de campamento; en ese mismo lugar había una persona que estaba secuestrada por ese actor ilegal, a quien tenían pagando sentencia por su mal comportamiento en la comunidad», me refiere la fuente.

«Después de varios días de estar retenidos los jóvenes, junto al hombre que estaba en poder de los ilegales, el grupo decidió asesinar a la pareja de adolescentes. Los sepultaron en un hoyo que abrieron al lado del viejo rancho». Sin ninguna clase de remordimiento, los miembros del grupo criminal decidieron pasar la noche en el mismo lugar que escogieron de cementerio, para dos almas que se despedían de manera temprana de este mundo.

Pero al caer la noche, de repente un espectro se levantó en medio de la oscuridad, con una sed de venganza impulsada del más allá, rompiendo la gruesa línea entre el mundo de los vivos y de los muertos, atormentando a sus asesinos a tal punto que corrieron despavoridos, dejando solo el lugar. Demostrando la cobardía que es enfrentarse a su propia culpa, y el espíritu de las víctimas hizo tal vez lo que la justicia terrenal jamás conocerá, o quizás terminen sus victimarios en un perdón y olvido como ocurre todo en nuestro país.

La historia fue relatada por el sobreviviente que recibió el castigo por su mal comportamiento en la comunidad. Al igual, el relato llegó a oídos de un familiar cercano del joven asesinado, quien al escuchar ese cruel testimonio se levantó de manera erguida, como alguien que carga con el peso de la impotencia, y dijo con voz fuerte: «Siga contando la historia de cómo mi muchacho se vengó de estos perros».

Me aferré al rosario a medida que escuchaba la historia; mis pelos se erizaron y las piedras de mis dos «a seguranzas» se calentaron a tal punto que creí que existen quienes pueden traspasar la barrera invisible que separa a los vivos de los muertos cuando de venganza se trata.

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