LO MALO DE LA CONSULTA DEL 26 DE OCTUBRE

Por: Jefferson Andrés Rodríguez

Al cumplirse el plazo para inscribir las precandidaturas a la consulta del 26 de octubre de 2025 —que definirá al candidato único del Pacto Histórico a la Presidencia de la República de Colombia en 2026— se han oficializado tres nombres: el senador Iván Cepeda, la exministra de Salud Carolina Corcho y el exalcalde de Medellín Daniel Quintero.

Por su parte, el exsenador Gustavo Bolívar decidió no inscribirse, negándose así al acuerdo de apoyar a un único candidato en un eventual escenario que diera como ganador a Daniel Quintero. Manifestó su negativa y una férrea oposición a un frente amplio de unidad en la izquierda, debido a los reparos y cuestionamientos éticos que han surgido en el debate público y en redes sociales. A esto se suma su indecente autoelogio al proclamar que sus candidatos al Congreso representan “la decencia”. No le creo ni “el amor” del que tanto habla.

Bolívar dejó claro su apoyo a Iván Cepeda, quien también es, a mi juicio, el mejor candidato a la Presidencia: un serio contradictor del paramilitarismo, cuya trayectoria en el control político, la denuncia de la macro corrupción y la defensa permanente de los derechos humanos representa una garantía de coherencia entre la teoría y la práctica del ejercicio político.

En este escenario también destaca la participación del Partido Comunista Colombiano en el frente amplio. La exministra de Trabajo y precandidata por el PCC, Gloria Inés Ramírez, afirmó que no existen certezas jurídicas para realizar la consulta interna del Pacto, por lo que priorizará la del “Frente Amplio” en marzo, donde se elegirá el candidato presidencial.

Lo malo de los candidatos de la izquierda no es su programa —que probablemente es lo más atractivo, por su empatía con la periferia, la pobreza y la vulnerabilidad del país—, ni su teoría, sino su práctica: la ineptitud y el rencor derivados del individualismo político, que les impiden conformar un frente amplio capaz de profundizar las reformas actuales. Me ocurre algo similar a lo que expresaba el expresidente conservador Miguel Antonio Caro:

“De los liberales me apartan las ideas. Y de los conservadores, las personas”.

El debate presencial se ha convertido en un monólogo de caprichos despóticos y autosatisfacción desmesurada, donde la retórica y los ataques personales ocupan el lugar de las propuestas programáticas sobre gobernanza. A ratos, parece alejarse incluso del discurso de la “dialéctica del aguacate”.

Da la impresión de que los candidatos en Colombia solo quieren escucharse a sí mismos y ahogarse en su propio ego, afilando un duelo de personalidades marcado por la prepotencia, la arrogancia y una visión mesiánica paranoica que pretende salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes, sino también al planeta Tierra, a Palestina y a Venezuela de la destrucción, e incluso a la especie humana de su extinción por el capital y la amenaza imperial del águila estadounidense.

Como si todo, no tuviera fines electorales en Colombia.

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