
Hoy no desperté en mi habitación, ni en mi casa. Ni siquiera reconozco estar en mi ciudad. El olor a muerte cubre más que los escombros mi cuerpo. Me sangra la cabeza; creo que me golpeé una pared al derrumbarse. No encuentro a mamá ni a papá. Me siento solo, confundido, un poco asustado, pero debo ser fuerte porque soy el único que cuida a mi hermano.
Caminamos descalzos en medio de ruinas y sollozos de algunos vecinos, pues cada vez son más los cuerpos apilados en las calles. No encuentro a mamá ni a papá. Tengo sed, pero la poca agua que he encontrado se la he dado a mi hermano. Camina lento, es pequeño, dice que está cansado. Lo cargo en mi espalda y no me quejo, después de todo, yo soy el mayor.
Fui a casa de mis abuelos, pero creo que me perdí de calle, porque donde esperé ver su casa solo hay grandes escombros y nada de ellos. Aunque estoy seguro de que allí estaba, fui a aquel lugar varias veces, pero creo que mi memoria no es tan buena, porque allí no había nada.
Vuelvo a donde era nuestro hogar y escucho a lo lejos a mis vecinos gritar; al parecer, han encontrado a mi amigo, a mi amigo Yusef, pero no despierta. Creo que ha de estar muy cansado, como yo también lo estoy. Y es que desde hace un mes no se detiene el ruido ensordecedor de las miles de bombas que caen por doquier. Tengo hambre, mucha hambre. Tengo sed. Me sangran los pies. Mi hermano quiere que corramos hacia esas enormes cajas de madera que caen del cielo con alimento; vienen pintadas con una bandera de bonitos colores y con muchas estrellas. Pero no le he dicho que debemos esperar a papá y a mamá, porque si ellos vuelven y nos hemos ido en medio de todo este caos, no nos encontrarán. Llora mucho, así que le he dicho que me espere aquí, en nuestra casa, o bueno, lo que queda de ella.
De en medio de las ruinas saqué unos zapatos; no son mis favoritos, pues ya me quedan chicos y además están rotos y gastados, pero eso es mejor que seguir descalzo. Corro con todas mis fuerzas, con el corazón en la mano, me cuelo entre la gente que aprieta fuerte buscando alimento en aquella enorme caja. Logro obtener un poco de pan y una botella de agua. Me escabullo; necesito volver rápido con mi hermano. Debajo de la enorme caja hay un cuerpo aplastado; nadie le ayuda, pues todos están desesperados.
Corro con todas mis fuerzas, con miedo a que papá y mamá ya hayan regresado y si ya se fueron, si se llevaron a mi hermano y no me han hallado. El corazón me late a mil. Desde lejos, me mueve alegremente los brazos. No, papá y mamá no han vuelto; sigue solo mi hermano. Le doy agua y se la toma de inmediato. Come pan como comían los perros del patio, sin masticar, se traga todo en un bocado. No me ha dado tiempo de decirle que ese trozo de pan era para ambos; me callo, sé que tiene hambre porque yo también la tengo.
Cae la noche y papá y mamá no han regresado. Me recuesto en los escombros con mi hermano en brazos; me abraza fuertemente con su cuerpo aún temblando. El ruido de nuevas bombas nos ha despertado. Nos refugiamos en la única pared que en nuestra casa ha quedado. Papá y mamá no vuelven; yo estoy muy asustado. Mi cabeza duele y sigue sangrando poco a poco. Mi hermano se recuesta sobre mi pecho; lo abrazo fuerte y le digo que todo estará bien, que papá y mamá volverán pronto y que todo habrá acabado. Se duerme en mis brazos, rodeado de tierra y ruinas…
Mañana tendré que buscar un nuevo lugar para ir con mi hermano; después de todo, soy el mayor y además temo que descubra los cuerpos de papá y mamá que por suerte los escombros han ocultado.

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