PATRIMONIO BIOLÓGICO

Por: Juan Sebastián Rueda Peñaloza

En mi mente habita el recuerdo de varios árboles, unos más viejos que otros, como los mangos o el palo de guayaba con los que crecí en el Socorro; o el árbol de caucho, de tronco grueso, que quizás recuerdo más grande de lo que era y que hoy no existe porque lo talaron, pues sus raíces crecían tanto que habían comenzado a afectar la estructura de nuestra casa. O las ceibas del Parque El Gallineral, en especial ese par que llevaban por nombre “El matrimonio feliz”; o las del parque principal de San Gil, con barbas y melenas de musgo, que en su mayoría ya no son lo que eran, porque no sé a quién se le ocurrió la idea de podarlos o tumbarlos. O más recientemente, el chicalá, de flores amarillas y muy alto, que se deja ver en distintos sectores de Cota o Bogotá, del que no conocía su nombre hasta que mi amigo Javier Jayali me lo dijo a través de su poesía, donde lo muestra resistiendo ante el concreto de esta modernidad que amenaza.

Todos ellos, endémicos o foráneos, hacen parte de mi bosque interior y constituyen el patrimonio sentimental de muchos de mis recuerdos. Y es que durante este mes de septiembre se celebra el patrimonio. Por eso he querido escribir sobre ellos, e invitar a pensar sobre cuánto los conocemos, qué valor tienen para nosotros, o plantear la pregunta de si acaso sabemos nombrar los que vemos cotidianamente o nos dan su sombra.

En el 2015, la ceiba barrigona fue declarada árbol oficial de Santander, y debo confesar que nunca la he visto en persona. Esto sería extraño si esta especie no estuviera en peligro de desaparecer y pululara por todo el territorio. Hoy en día su población ha disminuido, y gran parte de eso se debe a la desaparición del bosque seco tropical o al proceso de desertificación, y al acecho de las cabras, animales que muchos creímos oriundos de esa tierra brava, pero que en verdad llegaron con los españoles hace muchos siglos y se adaptaron sin dificultades.

Como especie, la ceiba barrigona es particularmente atractiva. La he visto en fotografías tomadas por Sergio Silva, y su forma no deja de llamar mi atención. Las más viejas, de cien o más años, pueden llegar a medir hasta cinco metros de diámetro, lo que significa que se necesitarían cuatro personas para abrazarlas. He sabido también que vive entre los 500 y 1000 msnm., y que logra resistir temperaturas que superan los 40°C. Es tan inteligente que se las ha ingeniado para conservar toda la humedad y el agua posible durante los meses de sequía, mostrándose como un chamizo seco, y ha logrado sobrevivir hasta en las laderas más escarpadas y abismales del Cañón del Chicamocha, el único lugar del planeta donde habita.

Cuando pensamos en el patrimonio se nos suele venir a la cabeza algo relacionado con el dinero, o los bienes materiales; o a lo mejor pensamos en cosas inmateriales, como la gastronomía de la región que nos vio nacer, sus danzas o su música; incluso hasta podríamos pensar en el patrimonio como en esa clase de edificios que han sido declarados así por el Estado ya que guardan un pedazo de nuestra memoria colectiva. Pero pocas veces pensamos en que el patrimonio biológico, ese que nos hermana con los demás seres vivientes… ¿Tú podrías nombrar los árboles de tu infancia, o aquellos que te rodean?

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Una respuesta a “PATRIMONIO BIOLÓGICO”

  1. Avatar de Liza María Cobos
    Liza María Cobos

    Recordé el árbol de arrayán, el pomorroso y el guayabo como los árboles de mi infancia. Gracias por recordarnos la importancia de este patrimonio natural.

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