LA VIOLENCIA NO SOLO DEJÓ CICATRICES EN EL ALMA, TAMBIÉN ACABÓ CON PARTE DE NUESTRAS COSTUMBRES

Por: Nerio Luis Mejía.

Quienes tuvimos la oportunidad de vivir en medio del sofocante calor distintivo de los pueblos del Caribe colombiano, teníamos por costumbre sentarnos en los pisos altos de aquellas casas, que por lo general tenían sembrado un árbol de almendra o un palo de mango.

Allí concurríamos los niños y jóvenes de aquellas épocas, cuando la violencia era solo un asunto que preocupaba a nuestros padres, ya que en nuestros pensamientos de adolescentes no había espacio para pensar en aquel monstruo sediento de sangre que corría a toda prisa hacia nosotros. Vivíamos pendientes del colegio y en espera de la hora para disfrutar, a pies descalzos, de un partido de microfútbol en las polvorientas calles de nuestros barrios. Las preocupaciones de las personas mayores ante la inminente llegada de la violencia crecían a la par con nuestras estaturas.

Quienes estudiaban en la jornada de la noche, una vez terminada la clase, recibían recomendaciones de sus profesores, quienes los exhortaban a no permanecer tarde de la noche por las calles del pueblo, porque podrían terminar asesinados o desaparecidos por los múltiples nombres con los que se daba a conocer la violencia: «la mano negra», «la última lágrima», «la palomita de la muerte». En fin, quien caía en manos de aquellos desconocidos tenía la muerte asegurada. La violencia en muchos pueblos del Caribe colombiano no solo dejó cicatrices físicas y emocionales, también acabó con muchas sanas costumbres que habíamos heredado con el paso de los años. Así, de esa manera, se fueron perdiendo las sentadas grupales de aquellos jóvenes que formaban su algarabía, y que solo era interrumpida por la llegada de la comida o el grito de algún adulto mayor que nos requería para hacer un mandado.

Todo se fue acabando, y en últimas terminamos aceptando, y en el peor de los casos justificando, que la llegada de la violencia acabara con la vida y las costumbres de miles de jóvenes, cuya única culpa era «recochar» bajo la sombra de aquellos árboles frondosos que se niegan a desaparecer en el pensamiento de quienes quedamos viviendo en la soledad, con la sola compañía de nuestros recuerdos. Quizás aún estén de pie los viejos palos de almendros y mangos que una vez dieron sombra a nuestro calor de niño, pero tal vez no estemos completos los viejos que una vez fuimos jóvenes y que gozamos a carcajadas de las travesuras en aquellos tiempos maravillosos, donde le componíamos versos a las noches de luna llena y corríamos alegres en medio de la lluvia. La violencia que nos golpeó como tormenta, la que cicatrizó nuestros cuerpos, la que hirió a nuestras almas, también se llevó la vida de familiares y amigos.

Dicen que en algunos andenes de aquellas viejas casas que están abandonadas se escucha la risa fantasmal de quienes no están con nosotros. Fuimos creciendo, nuestras vidas fueron cambiando; las parrandas de adultos que se disfrutaban bajo el palo de mango se fueron por culpa de la violencia. Los acordeones que con sus notas rompen el silencio han dejado espacio para los recuerdos. A pesar de que los árboles envejecidos se mantienen erguidos, los sobrevivientes de aquella época oscura convivimos con las cicatrices en el alma y los recuerdos vivos de aquellas costumbres que nos acompañarán hasta los pocos años que nos restan de existencia.

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