LA FRAGILIDAD DE LA VIDA

Por: Andrea Estefanía Cuero

La vida…

tan frágil, tan breve, tan incierta.

Un suspiro basta para que todo cambie.

Caminamos sobre un hilo invisible

que se mueve con el viento de cada día,

y aun sabiendo que somos finitos,

seguimos cargando maletas ocultas:

unas llenas de sonrisas que disimulan el cansancio,

otras pesadas de recuerdos que nunca soltamos,

otras vacías, pero colmadas de silencios que gritan en lo profundo.

La fragilidad se revela en cada instante,

cuando una enfermedad irrumpe en medio del andar

y sacude planes, certezas y sueños.

Entonces descubrimos que el verdadero motor

no es lo que poseemos,

sino las personas por quienes luchamos:

hijos, padres, hermanos,

aquellos que sembramos en nuestro ser,

y por quienes estamos dispuestos a renunciar

a lo más propio con tal de protegerlos.

Pero también hay quienes se esconden tras las apariencias:

rostros sonrientes que ocultan tormentas,

palabras suaves que esconden venenos,

corazones que se disfrazan de bondad

mientras siembran espinas en caminos ajenos.

En nombre del poder, de la ambición, del ego,

se manipula la verdad,

se dobla la inocencia,

se juega con los sueños de los más débiles.

Y en esa injusticia que devora silenciosamente,

se lastiman almas puras,

niños que cargan dolores que no les pertenecen,

mujeres y hombres que aprenden a callar

para sobrevivir a un mundo que no siempre escucha.

Es ahí cuando comprendemos

que parte de la vida consiste en ocultar el verdadero valor,

en encajar en las masas aunque la esencia grite,

en guardar lo más sagrado del ser

para protegerlo de miradas que no saben comprenderlo.

Porque la autenticidad, cuando se expone,

a veces duele más que la mentira.

Como la gota de agua

que cae una y otra vez sobre la roca,

la vida nos recuerda que lo frágil también es fuerza:

que en la constancia de lo pequeño

se rompen durezas imposibles,

y que hasta lo más sólido cede

ante la humildad de lo perseverante.

Así es nuestra existencia:

una danza entre la vulnerabilidad que hiere

y la insistencia que transforma.

A veces el amor se expresa en esa renuncia silenciosa,

en dejar atrás los sueños personales

para sostener a quienes amamos.

Y, sin embargo, la vida no se detiene allí:

con su misterio nos sorprende con milagros impensados.

De pronto nos entrega la experiencia de dar vida,

ese acto sorpresivo que nos recuerda

que, aunque somos finitud, también somos origen.

O nos abre las puertas de un corazón inesperado,

y descubrimos en él ternuras y refugios que parecían imposibles.

La vida también regala oportunidades de reconstrucción:

levantar hogares quebrados,

volver a creer en lo perdido,

resurgir de espirales de dolor y de dudas.

Porque en medio de tanta fragilidad,

existe también la fuerza de volver a empezar.

El ego nos engaña,

la envidia nos arrastra,

la indiferencia nos adormece.

Juzgamos desde la comodidad de un sillón

mientras afuera otros resisten guerras —visibles e invisibles—

para sostener lo poco que les queda.

Y olvidamos que todos somos parte

de la misma fragilidad

que se quiebra en un instante.

Detrás de cada puerta late un universo oculto:

lágrimas que no se nombran,

abrazos que nunca llegaron,

batallas silenciosas que nadie ve.

Y a veces, solo en la quietud de un domingo,

cuando el ruido del mundo se apaga,

esas verdades asoman

y nos recuerdan lo pequeños que somos,

lo mucho que callamos,

lo profundamente humanos que podemos ser.

La vida es también un viaje.

Todos somos migrantes:

unos cruzan fronteras buscando futuro,

otros migran en su propio barrio

mudándose de sueños rotos.

Migramos de la esperanza a la decepción,

de la risa al llanto,

de la soledad al encuentro.

Migramos siempre,

porque nadie es el mismo

después de un nuevo amanecer.

Y, aun así, la fragilidad no es solo herida:

es también el lugar donde nace la ternura.

En lo más vulnerable del ser humano

habita una chispa capaz de resistir lo insoportable.

Una palabra que alivia,

una sonrisa que ilumina,

una mano que se tiende…

pequeños gestos que se vuelven eternos

en quienes los reciben.

Quizás ahí esté el misterio de existir:

nuestra debilidad no nos condena,

sino que nos recuerda que estamos vivos.

La vida es tan frágil, tan efímera,

que puede arrebatarnos todo sin previo aviso.

Pero mientras dure,

queda siempre la posibilidad de amar,

de cuidar,

de sembrar bondad,

de luchar contra las injusticias,

de no callar ante el dolor de los inocentes,

de dejar huellas que no se borran.

Porque al final,

la fragilidad no es un límite:

es el lenguaje secreto con el que la vida nos habla,

la melodía suave que nos recuerda que estamos vivos,

y que la grandeza de la existencia

no se mide en los años que duremos,

sino en la profundidad con la que sepamos amar,

defender la verdad,

y proteger lo puro,

mientras dure.

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