EXPLOTACIÓN Y CONTAMINACIÓN -LA REALIDAD DEL CAMPO EN COLOMBIA

Por: Nerio Luis Mejía.

La deuda impagable, que la sociedad colombiana tiene con sus campesinos, cada día se hace mas visible. Largas jornadas de trabajo, en donde no queda lugar para los domingos, mucho menos para los festivos; ya que cada minuto cuenta, con su propia ocupación. Así transcurre la vida en el campo.

Sudor, sufrimiento, y la preocupación por los factores climáticos quienes determinan las ganancias o pérdidas de sus cosechas, a ello le sumamos el acaparamiento que se realiza mediante los intermediarios, que en solo 15 minutos duplican la utilidad que el productor no ganó en meses de esfuerzo y trabajo, por lo que deja en evidencia la explotación a la que están siendo sometidos los campesinos en Colombia.

En regiones como el caribe colombiano, donde se hacen sentir los fuertes veranos ante la usencia de las lluvias, y la precariedad económica en la que viven sus habitantes, las esperanzas se aferran en la cosecha de mitad de año; esto debido a los ciclos de las lluvias que inician en el tan esperado mes de agosto.

Pero tristemente, el cambio climático también pasa factura a los humildes campesinos, que no solo estaban acostumbrados a sortear el calor en la región más soleada del país, sino que las lluvias han venido presentando una ligera escasees en los últimos tres años, como lo afirman sus mismos moradores.

Explotación y contaminación, es una realidad intangible, la que todos conocemos y padecemos, pero ante la cual callamos. Es tan difícil imaginar, que la necesidad nos lleve a aceptar, que nos veamos obligados a comprar una bolsa de 20 kilos de semilla de maíz, la cual, dependiendo de la calidad certificada, o las tecnologías aplicadas mediante el proceso de modificación genética, llegue a costar hasta un millón doscientos mil pesos, y la carga del cereal de doce arrobas, la paguen en ciento cuarenta mil pesos, en tiempos de cosechas. Ahora, esa clase de semillas que se están utilizando, las cuales se les conoce como doble o triple tecnologías, los expertos agrónomos recomienda no consumir las mazorcas verdes, ya que es tan fuerte el proceso de modificación genética al que es sometido, que ni las abejas se atreven a polinizar las espigas, ni el ganado y demás animales consumen esta clase de maíz.


Este cereal, al parecer es solo para uso industrial. Lo que nos lleva a preguntarnos ¿Cómo no los están haciendo consumir? ¿Qué dice sobre esto el INVIMA, el Ministerio de Agricultura, ¿y los responsables de la salud nutricional en Colombia? A esta situación le sumamos la pérdida de las costumbres de recolectar las mazorcas, que consumíamos asadas, cocidas, y las que también convertíamos en masa para bollos, buñuelos, y mazamorra, a través de un proceso artesanal de molienda.


Como si no bastara, con las pérdidas por los factores climáticos, y el leonino mundo de los acaparadores, nuestros suelos y fuentes de aguas se están viendo contaminadas por el mal manejo y el nulo compromiso que el sector comercial, y la industria de los herbicidas y plaguicidas, le están dando a los envases y residuos de los productos que se utilizan para el control de plagas y malezas en temporadas de cosechas.


La Chuzma Editorial, como medio alternativo comprometido con la información veraz, y un sentido de pertenencia con el sector campesino en Colombia, a través de esta nota, busca la sensibilización frente a la explotación a la que están sometidos nuestros productores del campo, y a la vez explorar alternativas viables que dignifiquen a nuestros productores. Extendemos el llamado, a estar siempre vigilantes, frente a lo que cosechamos y consumimos, con el objetivo de preservar las costumbres, y el derecho a una sana nutrición.

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