Por: Nerio Luis Mejía.

Quizás muchos de nosotros, en algún momento de nuestras vidas sentimos que el mundo se nos destruye a pedazos. Hacemos tan grandes nuestros problemas que superan en dimensión al propio universo, pero a la vez nos sentimos tan pequeños sin mas refugio que nosotros mismos.
Angustiado ante la soledad, con la sola compañía del ruido causado por el golpeteo de un reloj de pared que mide el tiempo, mas no resiste a él.
Hoy veo un país que se sumerge entre el caos y la esperanza, pero que marcha sin prisa ante lo incierto, sin preocupación, ya que están viviendo su día a día. Mientras yo me aferro a mis propias fuerzas, tratando de salir de aquel profundo agujero al que he descendido poco a poco con el pasar de mis años. Ya miro sin observar, por lo que me he privado de escuchar el zumbido de la brisa, de sentir el calor del sol que choca contra mi piel en forma de caricias, pero nada de lo experimentado resistirá al tiempo.
El olor a tierra mojada, y a flores silvestres polinizadas por abejas sedientas de vida, que disfrutan del néctar en la claridad del día, cuyas alas revoletean a la velocidad de mis pensamientos, pero que en vez de sentir la calidez del momento, solo siento el frio de aquella soledad que se ha posado sobre mí; como una sombra que me cobija al andar, y si me detengo se hace más pesada mi carga.
Camino por sabanas y montañas, persiguiendo mi propio silencio, el que a menudo es interrumpido por el canto en forma de aviso de los chauchaus, y curucuchús, emblemáticos pájaros que habitan en el caribe colombiano, quienes anuncian la llegada del forastero o invasor de su espacio.
Me desplazo descalzo por el medio de la quebrada, en la búsqueda de la suave arena para que despierte los sentimientos de mi alma dormida que vive en aquel hombre que camina en medio de su soledad.
Mis problemas no son mas grandes ni mas fuertes que el tiempo, a tal punto que no se puede medir. Quizás solo se pueda contar, como una constante a lo largo de su existencia.
Todo pasa al igual que yo, tan efímero que ni la razón ni lo experimentado serán testigo de lo vivido. Solo las letras perduran en el tiempo, pero no serán eternas ante él como para dar fe de lo que fui.
Al tiempo, nada ni nadie lo detiene, solo pasa, y nosotros somos pasajeros de aquel tren que viaja a toda velocidad, o que permanece detenido dependiendo siempre de nuestra percepción.
Frustraciones, logros, celebraciones, todo ello ocurre al interior de aquella maquina que se dirige no siempre a la dirección correcta, si no a la dirección incierta al que también le llamamos destino, y que está subordinado al tiempo.
El agite de la sociedad parece de momento calentar los motores de aquella locomotora que sale a toda prisa alimentada por el combustible de las emociones, pero que intempestivamente se detiene de un solo frenazo para despertarnos y podamos entender que nada ni nadie podrá resistir al tiempo.
Sobre el autor:
FORO DE OPINIONES LIBRES es un espacio autónomo donde nuestros lectores, el público en general e invitados comparten sus ideas sobre diversos temas con total independencia. Las opiniones expresadas no reflejan la posición del medio; simplemente defendemos la libertad de expresión e información.








Deja un comentario