EL EGO DEL ESCRITOR

Por: Hazzam Gallego

Siempre que escribo algo, por pequeño que sea, me acompaña una desconfianza difícil de callar. Miro la página y pienso que lo que salió de mi cabeza tal vez no merezca mostrarse. A veces esa desconfianza nace de la vanidad, del deseo secreto de que alguien me aplauda; otras, de la sospecha íntima de que lo escrito no es lo bastante bueno. George Orwell lo confesaba con claridad: todo escritor, detrás de sus motivos políticos o estéticos, lleva un ego que lo empuja a querer dejar huella, a buscar ser recordado.

También he visto a quienes escriben con el lector como obsesión. Quieren gustar, no decepcionar, ser aceptados. Y en ese afán pierden lo más profundo de un texto: la voz auténtica que sólo aparece cuando uno escribe sin pedir permiso. Stephen King contaba que detenerse demasiado en la mirada ajena termina disfrazando al ego de duda, y esa duda sabotea cualquier obra. Su consejo era sencillo: escribir con disciplina, sin dar tiempo a que el miedo nos alcance.

Yo mismo he caído en otra trampa: la de cambiar palabras una y otra vez, creyendo que adornar o complicar el lenguaje lo hará más grande. Ahí el ego se esconde en el gesto del orfebre vanidoso que se contempla en cada frase. Pero esa obsesión por brillar puede convertirse en un peso, hasta el punto de olvidar lo más importante: escuchar la música interior de lo que se quiere decir.

Borges decía que la literatura es una forma de vanidad colectiva, porque todo libro habla con los que vinieron antes y con los que vendrán. Eso me recuerda que el ego del escritor no es sólo personal: también es histórico. Cortázar advertía del peligro de escribir para quedar bien, sacrificando la honestidad por una forma elegante. Su rebeldía con las estructuras me enseñó a desconfiar de ese ego que se obsesiona con el artificio. Y pienso en García Márquez, que reconocía haber escrito, al comienzo, para que lo quisieran más, hasta que entendió que la literatura debía nacer de la necesidad de contar la vida, incluso si nadie aplaudía. Los tres me muestran que el ego siempre oscila entre dos fuerzas: la tentación de la posteridad y la fidelidad a lo que uno ve y siente.

No creo, sin embargo, que todo ego sea dañino. Para atreverme a escribir necesito una dosis de confianza, esa pequeña soberbia que me dice que puedo ser narrador, psicólogo e historiador al mismo tiempo. Sin esa fe, ¿Quién se atrevería a llenar una página? El ego, entonces, no es sólo vanidad: también es impulso vital.

Recuerdo que Freud, en El yo y el ello, me dio a entender que el yo no es únicamente un muro de defensas, sino también la fuerza que organiza nuestra vida interior. Esa visión me hizo comprender que el ego no es sólo un obstáculo: también puede ser la estructura que sostiene la creación. Claro que la frontera entre un ego saludable y uno desbordado es frágil. En quienes escribimos, puede ser lo que da voz… o la cárcel de la auto importancia.

Con los años he notado cómo mi propio ego se ha ido reduciendo. Me río de lo ingenuo que fui, de las páginas que alguna vez defendí como si fueran eternas. Escribir, pienso ahora, es en gran parte aprender a convivir con el ridículo propio. Y, sin embargo, cada vez que empiezo un nuevo texto, ese deseo de ser escuchado regresa, el anhelo de que lo escrito resista el paso del tiempo.

Al final, he comprendido que el ego del escritor no se puede negar ni borrar. Es parte de la escritura misma, como la tinta es al papel. Cada palabra deja algo vivo, un hijo que, al exponerse, siempre provoca recelo. El ego estará ahí mientras exista en mí el impulso de escribir: la necesidad de que lo que pongo sobre el papel sea más que tinta, que sea memoria.

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