Me pidió que la pintara. Estaba en su boda, y yo celebraba el acontecimiento del encuentro. Había floreros sobre las estibas, y vi al borde de la ventana a una mujer frente al espejo. Ella se miraba el atuendo largo y blanco que se había puesto para la fiesta. Yo, mientras tanto, la miraba a ella mientras se miraba. Recuerdo la última vez que nos vimos: estaba reposada, relajada entre sábanas, consintiendo el tiempo que apremiaba.
Hoy le sigo mirando, en tal cercanía que considero la intimidad despistada. No lo sabe, pero ya he dibujado los gestos más desapercibidos de su rostro. Le sigo pintando, y ella ya se ha ruborizado. Se acerca el momento del altar, y con él, la memoria latente de la luz tenue y cálida de una vela. Su cabello, esta vez, despojado en un jardín nupcial; mientras el mío aún cubría mi rostro, y el suyo, en un vaivén de evocadas imágenes.
Me dijo que la pintara, pero no me dijo cuándo, y he decidido hacerlo mientras se casa.
Deja un comentario