El amor no es un regalo. Es una bestia que muerde si no la alimentas. Un animal salvaje que se orina en tu cama si olvidas darle de beber. Quien espera que llegue por sí solo, que lo compre en la esquina como tabaco barato, está condenado a la soledad más rancia.
El amor no florece en cuerpos cómodos, ni en bocas que solo saben pedir. Se abre paso en la carne rajada, en los dedos sucios de tanto excavar, en la frente empapada de sudor, como un ladrón que no tiene otra salida que robarse la vida.
Amar no es bonito. Es desgarrarse las uñas arrancando la maleza, quitar de en medio los recuerdos podridos, y aún así volver a regar la tierra, aunque cada gota de agua te cueste lágrimas. El amor exige arrastrarse, llorar en silencio, y seguir, aunque duela.
Quien cree que amar es un relámpago en medio del desierto, una aparición celestial que te salva, no ha entendido nada. El amor no baja del cielo: se cava desde abajo, con pala, con sangre, con paciencia. Y si no trabajas la tierra, el corazón se seca, se pudre, y apesta.
Pero hay algo. Algo que a veces lo cambia todo: ese instante donde, tras la herida y la furia, el amor responde. Y entonces da fruto, y te cubre del frío, y te dice con voz cansada pero cierta: “valió la pena”.
Porque el amor es cruel, pero también eterno. Es un castigo, pero también refugio. Y aunque esté hecho de espinas, cuando florece… se convierte en lo único que nos salva.
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