Camino con pasos prestados, cada uno cargado de un miedo que no puedo soltar.
Los zapatos me aprietan, no porque sean pequeños, sino porque llevan dentro las piedras y el peso de lo que callo.
Miro la vida pasar como quien observa un incendio espeso tras un vidrio irrompible: veo entre las llamas muchos auxilios, siento el calor, pero no puedo entrar a salvar nada.
¿Sera mi castigo? ser testigo de lo que se rompe sin poder tender la mano.
Mis pies avanzan, pero no hacia adelante, sino hacia un vacío donde la esperanza flaquea.
El miedo en mis zapatos no se gasta con el camino; se multiplica, me persigue, me recuerda que hay batallas que nunca se libran, aunque las lleves cosidas a la piel, tan adheridas que arden.
No lo ven, porque me han visto callar mil veces cuando quería gritar sus nombres. Han notado mis ojos arder, pero los convencí con sonrisas torcidas, con silencios que escondían tormentas.
Quisiera arrancarme estos zapatos y correr descalzo, sin miedo, sin dudas, pero me aferro al suelo, y me condeno a observar de lejos, sabiendo que mi amor se quiebra en secreto cada vez que no me permito intervenir.
Deja un comentario