ATURDIDA

Por: Marcela Espinosa

En el oscuro vacío de mis pensamientos me pierdo,
en aquel diálogo interno que devora de mí lo eterno .
En la dureza de mi niñez aún sufro,
pasando por mi garganta aquel amargo trago,
pues son muchos los estragos de una infancia con carencias.

En la risa de mis seres queridos me consuelo,
y aunque ahora solo hay duelo, pues no están conmigo,
fue grato lo vivido y aquello no se borra
ni con el desgarre de mi historia
ni con un nuevo principio,
pues caigo, aturdida en el precipicio,
mientras corre a toda prisa el viento,
arrastrándome consigo,
como aquel cruel amigo que no me suelta la mano
ni borra en mí lo humano
de haber sido manchada por la terrible mano
de quien «papá» llamaba mientras mi inocencia borraba
con malicia entretejida,
dejándome una herida que jamás será borrada.

En la inocencia de mi hijo me sano,
y es que en aquellos pequeños e inocentes soles
que brillan con tal pureza,
veo a Dios en su grandeza,
con tal sutileza de un susurro, balbuceo,
y en el entreveo su infinita misericordia
de quien reescribe mi historia en hoja limpia otra vez,
otorgándome esta vez, con atiborrada gentileza,
aquella dulce belleza de un amor correspondido
con aquel con quien convivo
y me siento en aquel banquillo que emana el brillo
de una paternidad compartida,
de una complicidad amiga,
de aquel abrazo que llamo hogar,
pues solo en ellos pude sanar las alas rotas que arrastraba.

Hoy es simple,
ya no hay nada más que llame hogar
que aquel abrazo leal de quien me llama su amada.

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