Por: John Jairo Gelvis Vargas

La democracia colombiana ha recibido un duro golpe con el fallecimiento del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe, un hecho que enluta al país y que ha sido confirmado este lunes 11 de agosto. La noticia ha dejado un profundo vacío en la vida política nacional y una sensación amarga en el ejercicio democrático. Resulta inevitable cuestionar cómo la Unidad Nacional de Protección (UNP) no logró salvaguardar su vida, a pesar de las múltiples advertencias y cartas enviadas por el propio dirigente, en las que manifestaba amenazas en su contra.
Este suceso evoca momentos oscuros de la historia reciente, pues desde el atentado contra Álvaro Gómez Hurtado, ocurrido hace tres décadas a la salida de una universidad en Bogotá, no se había registrado un ataque de tal magnitud contra un aspirante presidencial. La pérdida de un líder político en estas circunstancias despierta temores sobre la fragilidad de las garantías democráticas y la incapacidad del Estado para proteger a quienes ejercen un papel activo en la construcción del país. El hecho, además, reabre el debate sobre la responsabilidad de las instituciones y el valor que se le otorga a la vida en un escenario político marcado por tensiones y amenazas. https://chuzmaeditorial.com/2025/07/15/atentado-a-miguel-uribe-turbay-un-golpe-a-la-democracia-nacional/

En el actual contexto, en el que el gobierno de izquierda había proclamado a Colombia como “potencia mundial de la vida”, la realidad ha mostrado un panorama distinto. La muerte de líderes sociales, firmantes del Acuerdo de Paz. https://indepaz.org.co/lideres-sociales-defensores-de-dd-hh-y-firmantes-de-acuerdo-asesinados-en-2024/

Actores políticos y víctimas de masacres evidencia una deuda histórica con la protección y el respeto por la vida, más allá de los discursos oficiales. Este nuevo atentado deja a la democracia herida y plantea interrogantes sobre el rumbo que tomará el país: ¿podrá garantizarse la paz o se abrirán las puertas al surgimiento de nuevos grupos extremistas que busquen venganza? El riesgo de que el miedo se instale en la esfera política es alto, y el clima social podría derivar en una tensa calma, marcada por la desconfianza y la incertidumbre. En este momento crítico, la nación entera se enfrenta al reto de honrar la memoria de quienes han caído defendiendo sus ideales y de trabajar, con hechos y no solo con palabras, para que Colombia pueda ser verdaderamente un país de paz y democracia, tal como lo claman sus ciudadanos y lo exigen las heridas abiertas de su historia reciente.

En medio del dolor y la indignación que embarga a la nación, surge la necesidad de recordarle a este país herido que las verdaderas victorias no deben lograrse mediante las armas ni con la aniquilación del adversario, sino en el calor del debate y a través del voto en las urnas. La democracia se fortalece cuando se confrontan ideas, no cuando se destruyen vidas por pensar diferente. Resulta imperativo que ningún candidato presidencial, senador o representante a la Cámara deba temer por su integridad debido a sus posturas políticas. Más allá de las ideologías que pueden dividir a la sociedad, sean éstas cercanas al petrismo o al uribismo, está la democracia, que ofrece las garantías esenciales para vivir en libertad. La confrontación política no puede convertirse en un pretexto para el exterminio moral o físico de quienes disienten. En momentos como este, el país debe elegir el camino de la discusión pacífica, de la construcción colectiva y del respeto irrestricto por la vida humana, pues sin ella no hay proyecto de nación que se sostenga. Tal como lo expresó Francisco de Paula Santander, uno de los padres de la patria y hombre de las leyes, “Las armas os han dado la independencia, pero solo las leyes os darán la libertad”.


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