Por: S.C. Ruiz

La grandeza y el heroísmo no son comparables a lo que entre las catacumbas se puede encontrar, famélicos cuerpos desorientados y perdidos. No hay humanidad, no hay rescoldo alguno que oculte esperanzas ajenas para los desvalidos y los desprotegidos, todos son sentenciados a un verdugo, cuando no se nos ha enjuiciado a ninguno. Pero todos los que han de pisar esa tierra, ya han sido condenados, sin importar que. Sobrevivir no te salva, de las garras de la noche y sus visiones, de sus rostros, de su llanto, de su condenada histeria y su angustia; saben que va a pasar, todos lo saben; después no hay un después.
Mantuve las manos al aire en algunas ocasiones, esperando morir, en medio de la locura frenética de la lluvia de pólvora; me rendí muchas veces, especialmente cuando los veía envueltos en rojos destellos a aquellos hombres que eran mis compañeros. Pálidos e incompletos, desprovistos de su latido, sin importar que tan grandes y fuertes fueran.
Pero al parecer yo era imbatible, no tenía competidor alguno que me hiciera frente; todos caían ante mi espada. Los veía correr entonces, despavoridos seres que en mi solo un reflejo de la muerte presenciaban, sin saber que solo deseaba que no fueran a tropezar y terminaran perdiéndose en la espesura para no tener que verlos nunca más. Los días solo fueron, uno tras otro, sin para, hasta que dos noches seguidas, dos pelotones enteros fueron arrasados con crueldad. Nunca había visto algo así en mi vida, siendo que ya había presenciado tanto, pero fue imposible horrorizarse aún más.
Destruidas armaduras y cuerpos descuartizados estaban alrededor de unas ruinas antiguas, enormes y olvidadas; un follaje espeso creció en todo el lugar, tragando las baldosas que solo se pueden percibir al caminar sobre ellas. A la luz de unas antorchas pequeñas, al igual que de unos pequeños candiles en lámparas de aceite se ilumino brevemente el lugar apartado, en donde los uniformes encontrados por toda la escuadra que estaba conmigo determino que lo que en ese lugar habitaba, no distinguía de bandos o banderas, reinos o imperios. Nuestros enemigos también eran sus enemigos, al igual que nuestros hombres.
De entre los pilares, apareció un hombre herido de muerte, sin una de sus manos y sin una de sus piernas; con rastros de cortes profundos en su piel, apenas vestido con unas pocas telas, llevando unos largos cabellos negros desarreglados y con una quemadura en el lado derecho de su rostro, en el que perdió un ojo. Caminando a tropiezos y con gran dificultad gracias a una muleta de madera muy rudimentaria, hablo burlándose de los caídos, riendo de su debilidad en el combate y de su falta de espíritu; que fueron abatidos suplicando por piedad, como lo hacen los cobardes y no los guerreros. Señalándonos pregunto: – ¿Qué hacen aquí? -, con una voz desteñida y rasposa; conteste con rabia que veníamos por nuestros compañeros, por lo que quedará de ellos y entonces ofendido me miro con su ojo prendido en ira.
- ¡Mentiroso! Vienes a vengarlos, tus ordenes son acabar con quien los asesino. ¡Tú! Goliat, con tu enorme fuerza ¿No has de vencer a David? Tú que puedes acabar cualquier guerra con el poder de tu espada y detener terremotos con tu escudo ¿Temes de este moribundo?
La ira me consumía por ver su insolencia con los que habían perdido la vida, sean o no de nuestras líneas, dieron su vida luchando. Fue entonces que desenvainé y le dije que se apartará, pero entonces saltando como pudo y empuñando una daga que llevaba oculta intento apuñalarme mientras gritaba de dolor. No hice más que esquivarlo y darle una estocada final, dejándolo inmóvil en el suelo, ensangrentando las piedras y las verdes hojas de la maleza y el musgo. Un viento gélido se apodero del lugar y entonces se encendieron unas antorchas cubiertas de telarañas que estaban a costado y costado de cada pilar, dejando ver bien la estructura de las ruinas, un templo romano.
El muerto se retorcía y su cuerpo moviéndose cambio, enormes músculos nacieron, de líneas de sangre que caminaban entre las zanjas polvorientas de los cuerpos magullados de los vencidos. Su cabello se hizo rojo como las llamas vivas de una hoguera, su ojo se hizo negro y donde no había, un iris amarillo como el de un felino apareció. Creció tanto como un oso o incluso más, de su piel, pinchos de acero negro sobresalieron; acero que no había sido tratado bien en la forja. Heridas sobresalían en todo su cuerpo ajado y de ellas impurezas caían ensuciándolo todo, chorreando sangre y con su pecho abierto de par en par dejando ver su corazón negro, latiendo. Protegido por unas costillas de piedra. Rugía como bestia, como león, su mano restante, huesos cubiertos en hierro como una masa grande y pesada, donde faltaba pierna, una enorme pata de león podrida, con grandes garras y entonces volvió a vociferar:
- No se llevarán a ninguno, están condenados a ser parte de mí, como yo de ellos; ninguno ha logrado vencerme en estos últimos tres largos siglos. Ningún hombre podrá cargar su acero contra mi voluntad de sangre, ninguno podrá jamás doblegar mi sed de muerte.
Durante toda la noche, mis hombres y yo luchamos contra esa bestia endemoniada, para ser yo el ultimo en pie; había perdido mi armadura de pecho, mi sombrero, mi pistola; con mi espada en mano y cortado en todos lados, golpeado y morado. Sosteniendo mi cuerpo por voluntad de volver a ver a mis hijos, a mi esposa; el jardín de la entrada y recoger la cosecha. Vivir. Alce mi cuerpo contra él, para que cada corte le causara gracia, para que me respondiera con golpes y más golpes; de un lado al otro, contra los grandes pilares de mármol romano, quedando postrado en el suelo y viendo la muerte acercarse a mí. Amaneciendo ya, viendo en uno de los pilares lo astillado que estaba por la batalla, de los cuerpos que habían sido cargados contra este. Corrí a esta, desperado, en un ultimo intento de sobrevivir, la bestia oliendo el temor, se abalanzo sobre mi y fue tarde para ella entonces, pues al girar fue él quien se golpeo directamente contra el pilar, rompiéndolo y cayendo sobre este, dejándolo atrapado en los escombros.
Lo vi, llorando y riendo, suplicando morir con su mirada; atravesé su corazón negro con mi espada y de este solo fluyo brea. Mientras moría convirtiéndose en una gran masa de miasma, solo vi elevarse en el cielo el alma de los vencidos, mirando hacia el horizonte alumbrados por el sol de un nuevo mañana. De mi salieron lagrimas tan grandes como nunca, una felicidad que no había visto en mi jamás, no por que saliera victorioso, sino porque los vería crecer y envejecería junto a ella. Esa es mi historia señorita, por increíble que suene, soy el ultimo en pie; de un pelotón de héroes, que purgaron a la tierra de ese ser infernal, que con valentía enfrentamos nuestro destino.
- ¿Qué fue lo último que ese hombre podrido dijo? ¿Unas últimas palabras?
Perturbada sombra que me mantuvo centenariamente atrapado, yo que fui el más fuerte, caigo ante un hombre. De mis entrañas su espada detuvo mi corazón, solo puedo ver el amanecer nuevamente, una ultima vez, como aquello que deje de ser hace tanto…


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