Por: Marcela Espinosa

Desde que soy madre, descubrí un nuevo sentimiento. Y no, no hablo de ese que te hace usar la frase cliché de que cuando tienes un hijo estrenas el corazón, aunque es así. No hablo de ese sentimiento, sino del auto juicio, ese monologo interior, ese que está alimentado por voces de opiniones externas que no solo te juzgan por no cumplir como, según ellos, debes cumplir tu rol de madre, sino que además interfieren en tu rol de esposa. Esas voces que opinan acerca de tu cuerpo después de dar vida y te apagan incesantemente, haciendo no solo que dudes de tu maternidad, sino de tu valor.
Es triste ver cómo esas voces, la mayoría del tiempo, vienen de otras mujeres que creen que, porque ya tienen hijos grandes, pueden opinar como si la maternidad fuese un tema de historia que se repite una y otra vez de la misma manera, con los mismos puntos y comas. Cada maternidad, al igual que cada madre y cada familia, es un mundo nuevo que se construye de a dos, y que al crecer, el amor va creciendo con los hijos, en el cual cada día para los nuevos padres es una victoria.
Hablo desde mi experiencia personal como nueva mamá. No es difícil cambiar un pañal, es difícil borrar de nuestra mente un comentario negativo. No es difícil aprender a preparar un biberón, pero sí lo es sanar heridas emocionales que dejan huella y nos mantienen en un modo alerta incesante, haciendo que en momentos nos quebremos en llanto sintiendo lo poco importantes que somos.
Hace unos días, mientras platicaba con una amiga sobre cierta situación que me llevó a tomar un número de reglas irrompibles para mí con respecto a mi hijo, me quedó una frase que me soltó como una bomba, porque todo pensamiento de lo mal que estoy cumpliendo mi rol se disipó por completo. La frase fue: «Quién se mete con una madre directamente se mete con su hijo, porque el corazón y el bienestar de ese hijo va ligado al corazón y bienestar de esa madre».
Por ello, te digo hoy que si estás próxima a ser mamá o si estás en esa maravillosa etapa, vívela a tu manera, siendo guiada por el corazón y por las voces correctas, como tu red de apoyo, tu psicóloga, tu pediatra. Ya aprenderás a reconocer los distintos tipos de llantos, ya aprenderás a calmar a tu bebé, y que durar un día sin darte un baño por estar maternando no es el fin del mundo. Y que el baño con manzanilla es reparador para ellos, que el dolor y malestar por las vacunas pasará, y que es tan normal que abran, vomiten y vivas entre pañales y biberones.
Ya sabrás que si no le combina la ropa, no hay lío, y que sí, por supuesto, perderás miles de calcetines y llegarás a muchos lugares un poco más tarde y en ocasiones con el cabello mojado y sin maquillar, pero no por ello eres fea o eres descuidada, solo estás maternando. Y más que una película de terror, esa etapa debería sentirse para ti como un cuento de hadas, uno donde tú eres la protagonista, la valiente de la historia, donde tu cuerpo fue el puente para dar vida, y aunque queden secuelas en ello, eso no minimiza tu valor.
Porque Dios puso en ti ese milagro de dar vida, y no importa cuánto ruido haya en tu exterior, grábatelo: la sonrisa de tu hijo o hija grita silenciosamente que lo estás haciendo bien.



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