Nada lo anuncia, ni el viento lo grita, pero llega un suspiro, y el alma se agita. La vida, tan clara, se torna misterio, cuando un hijo aparece se crea un universo.
El mundo que era mío, de pronto no es tanto, se dobla el orgullo, se ensancha el encanto. Una risa pequeña desarma los muros, y todo lo viejo se vuelve más puro.
Los gustos se mudan, el temperamento, se inclina ante gestos que rompen el viento. Es un guiño, un balbuceo, un leve roce, que enseña al adulto lo que desconoce.
Su llanto es un eco que cala profundo, su paz, un oasis en medio del mundo. La familia florece, se vuelve raíz, el caos se ordena, la sombra es feliz.
No se vive por uno, se vive por dos, por tres, o por todos los que oyen su voz. Y en ese pequeño, tan lleno de magia, se amarra la vida, se llega la calma.
El corazón se parte sin romperse, se multiplica sin entenderse. Se sueña con alas que él pueda estrenar, se pide que el mundo lo sepa cuidar.
Y aunque no soy madre, soy hija testigo del amor que respira, que danza y que abriga. De manos cansadas y pasos sin tregua, que todo lo dieron por vernos muy plenas.
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