Son días en los que el silencio pesa más que el ruido, donde todo parece estar intacto, menos tú. Tu taza sigue en el estante. Tu olor, aún atrapado en la tela. Pero no estás. Y esa es una forma distinta de gritar. La ausencia no tiene cuerpo, pero deja huellas en cada paso que trato de dar. A veces, juro escucharte, una palabra breve, una risa cálida que no sé si inventé. Es como si tu voz se negara a morir del todo y me hace aferrarme. Miro las cosas que tocaste y me pregunto si alguna parte de ti sigue ahí, escondida esperando por mi esperando a que yo diga algo. La casa no está vacía. Está llena de ti. Llena de lo que ya no vuelve, pero tampoco se va. A veces, el aire guarda tu forma, tan perfecta como si el viento recordara el camino que solías andar. Y me detengo. Porque hay ausencias que no se llenan, solo se aprenden a nombrar en silencio, Por ti no viviré cautivo en el recuerdo, porque sé que de aquí no te iras.
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