Ya no escribo. No porque no quiera, sino porque se me rompieron las palabras por dentro. Se secaron los dedos, y en la garganta sólo habita el polvo de un grito que nunca salió. Estoy aquí, mirando el techo, sin escribirle a nadie, ni a mí mismo. Y esa es la peor traición: cuando ni tú te buscas en el abismo.
Y todo pasa. Como un tren sin frenos que no te aplasta, pero te arranca pedazos al pasar. Me dejo ir. Como el humo de un cigarro que nadie quiso terminar, como las promesas que se pierden en los portales de un bar. Respiro, pero ya no siento que respiro. El aire entra y sale, pero yo no estoy. Yo me fui.
No pertenezco. Y no lo digo como quien quiere llamar la atención, lo digo porque hay días en los que hasta el espejo me escupe la cara. Aquí no hay nadie que me abrace con la mirada, ni calles que me devuelvan el paso. Estoy solo, con los fantasmas que yo mismo fabriqué, y hasta ellos a veces se cansan de mi ruido.
Me he planteado la muerte no como final, sino como alivio. Pero entonces vienen los recuerdos, los que duelen y también los que arden bonito. Y aunque muchos se han borrado, sé que existieron. Sé que hubo luz. Y no hay condena que mate por completo a quien un día supo lo que era el abrigo.
No creen en mí. Y no los culpo. Ni siquiera yo me creí cuando dije «mañana estaré bien». Pero aquí estoy. Con el cuerpo hecho trizas, con la fe cojeando y las manos temblando, pero aún estoy. A veces basta con eso: no haberse ido.
Y empiezo a sonreír, aunque no me reconozca con los labios doblados hacia arriba. Me hablo bajito, como si no quisiera asustarme. Y me digo: aguanta. Que quizás mañana duela menos. Y quizás el sol no sea sólo una quemadura en el pecho.
Aunque la noche me siga pareciendo eterna, aunque el frío me cale los huesos como cuchillas, aunque el mundo no me de tregua, yo sigo aquí. Y eso ya no es tragedia. Es testimonio. De que aún maldito, aún roto, puedo dar amor.
Porque un día, aunque tú no lo sepas, hiciste que la vida doliera menos. Y si tú exististe, entonces yo también. Y por eso, por ti, por mí, por nosotros, por lo que fuimos: vivir aún vale, día a día solo con verte a los ojos.
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